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Equipo de rivales

Armando Montenegro
06 de septiembre de 2014 – 10:00 p. m.

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Algunos analistas advirtie-ron que el presidente Santos, al incluir en su primer gabinete a dos de sus rivales en las elecciones de 2010, replicó en pequeña escala lo que hizo Lincoln en 1861 (un episodio popularizado en el best seller Team of rivals, de Doris Kearns Goodwin).

Comentaron también que la emulación entre los antiguos competidores podría redundar en un mejor gobierno.

Ninguno de los secretarios-rivales de Lincoln —Seward, Bates o Chase— pudo ser presidente, un hecho que muestra la altísima mortandad política en el tope de la pirámide del poder. Todos ellos, sin embargo, bajo el liderazgo de su jefe, contribuyeron al triunfo del Norte en la guerra civil, uno de los momentos más críticos de la vida de Estados Unidos.

Sin hacer a un lado sus ambiciones políticas, Germán Vargas Lleras y Rafael Pardo pasaron de rivales a ministros de Santos. La lista de aspirantes pronto se amplió con la incipiente precandidatura de Juan Carlos Echeverry; más adelante, con las de Mauricio Cárdenas y Gómez Méndez, e incluso, de manera pasiva, la de Juan Carlos Pinzón. En algún grado, como es natural, todos estos personajes competían entre sí.

En términos políticos, el ganador fue Vargas Lleras, ahora vicepresidente y primero en la fila india de una candidatura oficialista en el año 2018 (posiblemente contra un personaje como Sergio Fajardo, heredero de las olas verdes y del repudio a la mermelada). Cárdenas obtuvo la medalla de plata, pues terminó el gobierno de Santos I con prestigio y con posibilidades de ser un candidato conservador en 2018. Pinzón se constituyó en una reserva para grupos que defienden la seguridad y las Fuerzas Militares en el marco del Estado de derecho. Pardo, después de su paso por el Ministerio del Trabajo, aspira a la Alcaldía de Bogotá. Echeverry representa a Colombia en el BID y Gómez Méndez regresó a su bufete.

¿Fue una buena idea el haber constituido un gabinete de rivales? Si se mide el resultado con la vara electoral, se podría decir que sí, pues Santos logró la reelección, en mayor o menor medida por los aportes de los ministros rivales. Vargas Lleras, en algún momento con mejores encuestas que su jefe, optó por apoyarlo y meterse a la cola. Y los historiadores posiblemente dirán que ciertos problemas de Santos I —la reforma a la justicia, los paros agrícolas o la seguridad urbana— no tuvieron que ver con las rivalidades entre sus ministros.

El panorama de Santos II ya no evoca situaciones como las de Lincoln. Después de que el presidente hubiera decidido concentrarse en temas elevados como el de la paz y las relaciones internacionales, se presenta un contrapunto, abajo, en la arena de su gobierno. En una esquina, el vicepresidente-candidato, obligado a mostrar resultados en materia de infraestructura, y algunos ministros encargados de cumplir las promesas de campaña y asegurar su propia viabilidad electoral exigen cuantiosos recursos fiscales. Y en la otra esquina, el ministro Cárdenas, con la renta petrolera disminuida, trata de defender las finanzas públicas y, en últimas, su propio prestigio profesional, al tiempo que seguramente mantiene un complicado equilibrio con el cuidado de sus posibilidades políticas. De esta discusión, común en los gobiernos, dependen buena parte del futuro de esos personajes y, más importante, el empleo y la prosperidad de los colombianos.

Armando Montenegro *

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