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La trayectoria de Falcao —un ascenso espectacular al comienzo, la promesa de un estrellato planetario, seguido de un súbito derrumbe y el inevitable olvido— ha sido relativamente común en Colombia.
El tránsito de Jackson Martínez al fútbol de China y la salida de varios jugadores colombianos de los mejores equipos de Europa nos hacen pensar en este mismo fenómeno. Y algo semejante ha ocurrido en otros deportes. Basta recordar la repentina desaparición de Camilo Villegas del firmamento del golf o la fugaz actuación de Juan Pablo Montoya en la Fórmula 1.
La misma selección Colombia ha tenido este comportamiento. En el mundial de Estados Unidos, unos meses después del famoso 5-0 en Buenos Aires y de cierto favoritismo mediático para ganar la copa, regresó a casa, con la cola entre las piernas, al cabo de la primera vuelta.
El derrumbe vertiginoso de algunos de estos héroes transitorios se ha dado por su mala suerte, en el caso del futbolista samario, o, como ícaros tropicales, en otros ejemplos, por su incapacidad para soportar el fragor y la presión de las competencias o, simplemente, por su irresponsabilidad y ligereza.
La misma economía ha seguido el camino de Falcao. Después de su sostenido ascenso a comienzos de la década pasada, se llegó a pensar que el país iba rumbo a resolver para siempre el atraso y su pobreza. Los informes oficiales hablaban de avances y logros extraordinarios que alimentaban las más optimistas proyecciones. Hace pocos años algunos dirigentes llegaron, incluso, a darles lecciones de buen manejo a los conductores de las estropeadas economías europeas. Y, de pronto, con la caída del precio del petróleo comenzó el derrumbe. Se puso en marcha un doloroso proceso para reducir los gastos al nivel de los decaídos ingresos, un camino que nos hará perder buena parte de lo ganado en años pasados.
La falcaonización de la economía ocurrió por una combinación de mala suerte —la caída de los precios del crudo y otros commodities— con el mismo error en que incurrieron tantos héroes derribados: el exceso de confianza en la duración de los ingresos extraordinarios, la falta de atención a las señales de alerta y el desconocimiento de las lecciones del mal manejo de las bonanzas petroleras, entre las cuales sobresalen los casos de Venezuela y Nigeria (desde hace por lo menos diez años se vienen escuchando voces que han advertido sobre el avance de la enfermedad holandesa, los peligros del desmantelamiento de la industria y la agricultura, la falta de ahorro público y su consecuencia inmediata: el desborde de la corrupción).
Así como Falcao terminará, probablemente, jugando en una liga menor como la china o la norteamericana, mientras se recupera, la economía colombiana tendrá que bajarse del imposible sueño petrolero y continuar con las tareas que se abandonaron en los años de euforia. Al tiempo que se produce el ajuste por medio de recortes al gasto y mayores impuestos, se debe fomentar, por fin, la construcción de una economía basada en el capital humano, la innovación y la tecnología.
De las ruinas de la Colombia Saudita y sus elefantes blancos —Reficar, el mayor de ellos— debería surgir una economía más sana, más diversificada, con una tributación más amplia y equitativa y un gasto público eficiente que responda oportunamente a las necesidades de la población.