Historia revisada

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Cuando mueren los dioses, los caudillos y las creencias, caen iglesias, pagodas y mezquitas, estatuas y prestigios. Por ello, en los museos vemos tantos ídolos mutilados y sabemos también que algunos templos se construyeron sobre otros templos. No hace mucho vimos cómo se echaron al suelo las estatuas de Lenin, Franco y Saddam Hussein. También sabemos que la historia se escribe y reescribe de acuerdo con las cambiantes visiones del presente: así, algunos héroes de ayer son los villanos de hoy.

El peculiar presidente Duterte está empeñado en que su país se denomine Maharlika porque, en su opinión, el nombre Filipinas honra a un emperador europeo que desató una “brutalidad colonial” contra su pueblo. Con ese mismo punto de vista, López Obrador le solicitó al rey de España que se disculpe por los abusos de la Conquista. Y en varias ciudades de Estados Unidos se ha atacado la estatua de Cristóbal Colón con el argumento de que el almirante genovés desencadenó un proyecto genocida. En forma semejante, las estatuas de Lee y otros héroes del sur de Estados Unidos se vienen retirando de plazas y alamedas pues, a juicio de ciertos activistas, mantienen vigente la cultura racista.

En España se viene dando un interesante debate con motivo de los restos de Franco enterrados en el Valle de los Caídos (en opinión del historiador Paul Preston, España es el único país europeo que mantiene un santuario en honor a un líder fascista, algo impensable en Italia o Alemania). Es probable que la tumba del dictador se desplace a un mausoleo privado, al lado de su esposa, y que en los Caídos se conmemore únicamente a las víctimas de la Guerra Civil.

Los cambiantes nombres de los países reflejan las mutaciones políticas de sus sociedades. La Nueva Granada murió con la independencia de España. Y, por la misma razón, desaparecieron tantos nombres que aprendimos en las clases de geografía, entre ellos, Rodesia, el Congo Belga o Ceilán, hoy Zimbabue, República Democrática del Congo y Sri Lanka; y, en este continente, Honduras Británica y Guyana Holandesa fueron reemplazados por Belice y Surinam.

En Colombia, un país tradicionalista, estos movimientos no han sido muy dinámicos. Algunas de sus ciudades, crecientemente laicas, dejaron de llevar nombres de Santiago, Juan o algún otro santo católico (aunque a Bogotá, por algún tiempo, le volvieron a colgar el anacrónico sobrenombre de Santa Fe). Y en su vida cotidiana, la gente se topa con escasas referencias de Jiménez de Quesada, Belalcázar o Robledo. Incluso el Teatro Heredia de Cartagena pasó a llamarse Adolfo Mejía, un músico local. De otra parte, causa alguna sorpresa que muy pocos se cuestionen por qué algunos departamentos tomaron nombres como Sucre (un militar venezolano que nunca estuvo en Sucre) o Nariño (un bogotano que se desastró tratando de invadir a Nariño).

Cualquiera podría preguntarse, en caso de que aterrizaran en Colombia los movimientos que rechazan la figura de Cristóbal Colón, si llegará el día en que se cambie el nombre del Teatro Colón por el de Teatro Silva o Teatro García Márquez. O, más aún, se podría preguntar, en el evento de que un extremista, un Duterte criollo, llegara al poder, si dicho mandatario abogaría por el cambio del nombre de Colombia porque, al igual que tantos fanáticos, pensaría que dicha denominación enaltece a un genocida.

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