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La hora de la educación

Armando Montenegro
13 de septiembre de 2014 – 09:00 p. m.

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Hay expectativa por la divulgación del plan de educación del Gobierno.

Parecería que, por fin, se alinearon los astros para que Colombia pueda emprender una gran reforma educativa: (i) desde hace algún tiempo, ilustrado por estudios y propuestas de la comunidad académica especializada, el país viene discutiendo el contenido de una reforma que ya cuenta con propuestas y metas concretas; (ii) en contra de una larga tradición de ignorar a la educación, el presidente Santos anunció que ella va a ser uno de los puntales de su segundo gobierno; (iii) las comparaciones internacionales adversas para Colombia y, en particular, los horrendos resultados de Pisa muestran que el país no puede aspirar a hacer parte de la comunidad de países avanzados si no se produce un revolcón educativo; (iv) el Gobierno cuenta con una ministra, preparada y entusiasta, que tiene la voluntad de introducir reformas y cuenta con el apoyo del presidente de la República.

Todo está dado para que se fijen metas concretas para la mejoría de los distintos indicadores que miden el progreso de la calidad y la cobertura educativa. Y, más importante, para que, junto con los cronogramas y los montos de recursos involucrados, se tomen las decisiones que permitirán alcanzar esos objetivos. El país espera conocer, entre tantas cosas, las iniciativas precisas para elevar la calidad de las facultades de pedagogía; multiplicar las becas y demás incentivos para hacer que miles de los jóvenes más capaces se preparen para ser maestros; introducir los cambios necesarios en las normas para seleccionar, evaluar y remunerar a los buenos educadores; llevar a cabo los planes para reducir la doble jornada; los mecanismos para mejorar el gobierno escolar con la participación de los padres de familia; el incremento de la autonomía de las escuelas y la ampliación de las funciones de los rectores para que puedan tomar decisiones que les permitan conducir la vida de los establecimientos educativos.

Después de que se anuncie este plan, cuando las metas y objetivos sean conocidos por todos, las fundaciones, los centros de estudio, los medios de comunicación, los maestros y padres de familia, trimestre a trimestre, podrán seguir su evolución a lo largo de los próximos años. Cuando existan dificultades, ellos apoyarán las medidas correctivas y velarán para que no se presenten atrasos. El apoyo y el seguimiento a la transformación de la educación, bajo el liderazgo de la ministra, puede ser una de las empresas colectivas más interesantes de los próximos años.

Algunos observadores temen que dos tipos de dificultades impedirían el despegue del plan: (i) señalan que los compromisos del Gobierno con el sindicato de maestros, supuestamente a cambio de su apoyo en las elecciones pasadas, podrían evitar que se profundicen las necesarias decisiones sobre la evaluación del rendimiento y el concurso para la selección y la promoción de los educadores; (ii) indican que la prioridad que podrían adquirir otros programas, como el posconflicto, harían que la educación deje de recibir los recursos presupuestales necesarios para su modernización definitiva.

El Gobierno disipará estas preocupaciones aisladas cuando se comprometa con un plan que concrete sus promesas de campaña, donde, además, se materialicen las necesarias decisiones presupuestales y reglamentarias.

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