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Robert A. Caro, el famoso autor de la biografía de Lyndon B. Johnson, un estudio clásico del poder, presenta en su último volumen una tesis llamativa: el poder desnuda, revela. La verdad sobre los propósitos y objetivos de un político sólo aparecen cuando ya ha alcanzado el poder.
En sus palabras: “Cuando un hombre está escalando, cuando está tratando de convencer a otros de que le den poder, debe ocultar: debe esconder los rasgos que pudieran hacer que los demás se resistan a darle ese poder, debe esconder lo que quisiera hacer con el poder; si los demás pudieran reconocer esos rasgos o conocer sus propósitos, es posible que no le dieran el poder que él tanto quiere. Pero cuando una persona adquiere el poder, el camuflaje ya no es necesario. La cortina sube y la revelación comienza”.
Caro relata que Johnson, quien tenía que hacerse elegir y reelegir en el sur de Estados Unidos, una región racista y atrasada, votó durante décadas contra todas las iniciativas dirigidas a promover los derechos civiles y eliminar la discriminación racial. Su carrera política hubiera concluido si hubiera actuado de acuerdo con su modo de pensar.
La revelación consistió en que, una vez llegó a la presidencia en 1963, Johnson giró 180 grados y, en contra de todos sus antecedentes, se convirtió en el campeón de los derechos humanos y en el líder de la llamada Guerra contra la Pobreza.
Aunque se podría pensar que en distintos casos también operan factores distintos a los que plantea Caro, en nuestro medio se pueden hacer reflexiones semejantes sobre la revelación de varios mandatarios. López Michelsen y Betancur, por ejemplo, se revelaron como gobernantes algo menos progresistas de lo que se hubiera podido esperar de acuerdo con sus antecedentes. En cambio, López Pumarejo y Gaviria, por sus iniciativas constitucionales, fueron más audaces y avanzados de lo que se hubiera podido prever algunos años antes de su ascenso al poder.
Es posible que en la era de la reelección presidencial, la revelación completa ocurra sólo en el segundo período, cuando ya no quedan campañas por ganar ni aliados que asegurar para futuras elecciones. Si esto fuera cierto, el verdadero Uribe sería el de su segundo período, cuando ya no lo limitaban las restricciones impuestas por su falta de mayorías en el Congreso ni la penuria fiscal del primer período y ya manipulaba, prácticamente sin frenos, los resortes del poder.
La revelación de Santos dio a conocer a un líder progresista en temas como la política de tierras, el tratamiento a las víctimas y la política internacional. Su compromiso con la política de seguridad en el Ministerio de Defensa y su posición en la fila india del uribismo no habían permitido que la opinión pública percibiera todo el alcance de su pensamiento y sus propósitos políticos.
Esta revelación disgustó a Uribe y, según las encuestas, ha complacido a buena parte de los colombianos.
Hay un tema pendiente en la revelación del presidente. Se trata del contenido práctico de la frase de Roosevelt, que Santos ha hecho suya, que habla de su intención de convertirse en un traidor a su clase. Cuando se conozca la propuesta definitiva de la reforma tributaria —aquella que él respalde—, con una medición completa de sus impactos redistributivos, es posible que sepamos cuánto quiere acercarse al objetivo de enfrentar a los grupos más adinerados del país.