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No es lo mismo que una colombiana gane el concurso de Miss Universo en 2015 que en 1958. El enorme impacto del triunfo de Luz Marina Zuluaga a mediados del siglo pasado reflejaba los anhelos y frustraciones de un país pobre y atrasado que, por fortuna, quedó atrás.
En ese entonces unas pocas mujeres trabajaban fuera de la casa a la par con los hombres y sólo una minoría iba a la universidad. Casi todas se cubrían para ir a la iglesia, se confesaban, no conocían la píldora y se llenaban de hijos. Como en un cuento de hadas tropical, la reina de belleza, bendita entre todas, al lado de algún príncipe azul (un torero, el rico del pueblo o, de pronto, un millonario del exterior), era una de las pocas que alcanzaba el sueño de viajar por el mundo, tener joyas, casas y fincas, y dejar atrás una vida provinciana, llena de privaciones y mediocridades.
El país seguía por televisión, con una atención que sólo merecían la Vuelta a Colombia, Yo y Tú y la llegada del Papa, el desarrollo del concurso de Cartagena. Desde su coronación, la nueva soberana, conocida por su propio nombre, se convertía en parte de la vida de los hogares colombianos.
Las cosas empeoraron con los narcos. Al lado de los caballos de paso y las pulseras de oro, las reinas se convirtieron en los trofeos preferidos del Patrón, Don Gilberto y cuanto traqueto lograba alguna notoriedad y fortuna. La corona de algún reinado, el del ganado, el arroz, la cabuya o la de algún departamento, era un vehículo del ascenso de la reina, su familia y sus amigos. Si algo faltaba o sobraba en el cuerpo de la candidata, el bisturí o la plata del capo arreglaban el problema. Como en el caso de innumerables políticos, futbolistas, jueces y policías, la vida de las reinas dependía de la chequera del mafioso.
El país de Paulina Vega, por fortuna, ya no se descresta con los reinados de belleza. El de Cartagena, con Raimundo, cada vez con menos mundo, poco le interesa a la gente, mucho menos a los jóvenes. Y el declinante negocio de Miss Universo, ahora de propiedad del grotesco Donald Trump, padece de crecientes dificultades para conseguir patrocinadores y anunciantes. El hecho de que la corona quedara, casi siempre, en la cabeza de una venezolana, a punta de enormes esfuerzos e inversiones, en contraste con las privaciones y crisis de su país, no era sino otro síntoma que confirmaba la decadencia de este tipo de concursos.
Nuestra linda reina, con su belleza y simpatía, se ha ganado un concurso anacrónico, un rezago de un mundo que está muriendo. Con su inteligencia y preparación, seguramente, obtendrá contratos y descollará en el mundo de la moda o la actuación. Pero el país de hoy es diferente. El triunfo de la barranquillera ya no evoca emociones, lloriqueos ni fantasías en los rincones de Colombia. Las colombianas, por fortuna, ya tienen muchos caminos y oportunidades lejos de las pasarelas, las clínicas de belleza, las cirugías, liposucciones y matrimonios con capos o matadores de cualquier tipo. Miles de ellas, bonitas y feas, flacas y gordas, grandes y pequeñas, tímidas y extrovertidas, jóvenes y no tan jóvenes, quieren y pueden ser científicas, pilotos, médicas, futbolistas, periodistas, ingenieras y empresarias. Ellas, al lado de las mamás y las abuelas, las bebés y las ancianas, las tragas posibles o imposibles, las bravas y las suaves, son nuestras reinas.