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LAS PROYECCIONES MACROECONÓmicas poco a poco han evolucionado para aceptar la realidad. Al final del año pasado se proclamaron pronósticos del orden del 5% anual para el crecimiento del PIB de 2013.
Después de que se reconoció que sectores completos estaban en serios problemas, comenzó la corrección. Del 5% se pasó al 4,8%, luego al 4,4% y ahora al 4%. Por momentos se dice que en los trimestres siguientes mejorarán las cosas, pero las correcciones son inevitables. El Banco de la República ya habla de que el crecimiento será “cercano al 4%”, y pronto los pronósticos oficiales, como los de ANIF y Fedesarrollo, mostrarán cifras que empiezan por tres.
Lo que pasa en Colombia, en mayor o en menor grado, es lo mismo que ocurre en otras economías emergentes. Después de grandes anuncios para el año 2013, con el paso de los meses los pronósticos han ido aterrizando a números cada vez más pequeños. El crecimiento de México y Brasil apenas si superará el 2%; el de Chile, si acaso llegará al 4%, y el de Perú, siempre el mejor de la región, será superior al 5%.
Este comportamiento se debe a dos fenómenos complementarios: (1) con la caída de los precios de numerosos commodities, a causa de la desaceleración de China, los recursos de inversión abandonan las economías emergentes y, de paso, impulsan la devaluación de sus monedas y frenan su crecimiento; (2) la recuperación de Estados Unidos está atrayendo los mismos capitales que salieron hacia los países periféricos en los años de recesión. Con la previsible alza de la tasa de interés en ese país, se profundizarán la devaluación y la salida de los recursos que hasta hace poco inundaban nuestras economías.
Durante los años de auge, Colombia y América Latina no lograron el despegue definitivo hacia el desarrollo, sino, simplemente, gozaron de una bonanza transitoria, como tantas del pasado. Y como otras veces, analistas y gobiernos pensaron erróneamente que las vacas gordas habían llegado para quedarse, que éramos ricos y que podíamos tirar la casa por la ventana. Poco o nada se ahorró.
De todas formas, la situación de Colombia es relativamente buena. Un crecimiento del PIB del orden del 3,5% en 2013 sería aceptable. Hay que contar, eso sí, con que las tasas de los TES y otros papeles continuarán su camino alcista y que el precio del dólar se acercará e incluso superará la barrera de los $2.000 en los próximos meses (este fenómeno se atizará por la incertidumbre política, la reelección o la sucesión de Santos y los interrogantes sobre los impactos del proceso de paz).
Ante este nuevo panorama, de regreso de las fantasías minero-energéticas, Colombia debe aceptar que la bonanza produjo una aguda enfermedad holandesa que postró la industria y la agricultura y debe repensar el futuro de su aparato productivo, lejos de las modas frívolas de las locomotoras. El crecimiento no vendrá, fácil y gratis, de la magia de los altos precios internacionales, sino de nuestros esfuerzos para transformar la economía. Es hora de volver a pensar en serio en asuntos como la ciencia y la tecnología, una verdadera revolución en la educación pública y apoyar masivamente lo que, por fin, se está comenzando a hacer en materia de construcción de infraestructura de transporte. Sin éstas y otras iniciativas semejantes, difícilmente el crecimiento del PIB superará el 4% en los mejores años.