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Numerosos analistas predijeron hace varios meses que las elecciones presidenciales serían una especie de segundo round del plebiscito por la paz que ganó el “No”. Se anticipaba un nuevo enfrentamiento entre los que proponían el desarrollo pleno de esos acuerdos (el Gobierno y los candidatos De la Calle, Cristo, Fajardo y los de izquierda) contra aquellos que querían “hacerlos trizas” o modificarlos de manera sustancial (los uribistas, Marta Lucía Ramírez, Ordóñez, entre otros).
Los temas centrales del debate político, sin embargo, han sido diferentes, tal como se observó en los meses anteriores a las consultas de la izquierda y la derecha del pasado domingo. El futuro de las Farc y el desarrollo de los acuerdos prácticamente no hicieron parte de la discusión (las encuestas, desde hace rato, nos vienen diciendo que esto no figura entre los principales problemas de los colombianos). Este cambio debilitó a De la Calle, quien perdió así su principal bandera, y a los sectores más radicales del uribismo, aquellos que prometían “hacer trizas” los acuerdos de paz. El debate se desplazó hacia otros asuntos.
El cambio de foco de la campaña se originó en el hecho de que Gustavo Petro pasó a representar fielmente un papel que Álvaro Uribe había creado para las Farc. El expresidente había convencido a buena parte de los colombianos de que con los acuerdos de paz se venía el castrochavismo a Colombia y que su punta de lanza serían las Farc desmovilizadas, convertidas en partido político (algo que, evidentemente, no sucedió; casi nadie votó por ellas y nadie las quiere de aliadas). Pero el exalcalde de Bogotá sí hizo méritos suficientes para encarnar esa amenaza. No sólo ha sido un admirador del experimento bolivariano y amigo personal de sus líderes, sino que en el ejercicio de su cargo en Bogotá exhibió un populismo y una chambonería de niveles bolivarianos. Y, por si quedaba duda, confirmó los temores cuando anunció que comenzaría su gobierno con la misma medida con la que Chávez inauguró el socialismo del siglo XXI: una profunda reforma de la Constitución.
Cuando Petro se vistió con el traje del castrochavismo a su medida, el debate electoral se polarizó, y los demás temas pasaron a segundo plano. Se convirtió en una lucha entre el petrochavismo y sus aliados contra el establecimiento y la economía de mercado. Con habilidad, Duque capitalizó los fundados temores que desató Petro y se disparó en las encuestas. Y la polarización molió a los candidatos del centroizquierda quienes vieron, semana a semana, cómo se evaporaban sus posibilidades.
Dado que, al parecer, Duque tiene asegurado su paso a la segunda vuelta, en las semanas que vienen se observarán esfuerzos por conformar alianzas para enfrentar al candidato uribista: Petro, con el apoyo de otros grupos de la izquierda —ciertos sectores del Polo y los verdes— insistiendo en su discurso tradicional, tal vez intentando mostrarse algo menos amenazante; Vargas Lleras, con el respaldo del Gobierno y sus aliados políticos, buscando el centro, con la bandera de su experiencia y su capacidad de ejecución; y De la Calle y Fajardo, agotando la última oportunidad de asegurar la hasta ahora evasiva alianza de la centroizquierda, predicando en contra de la polarización e insistiendo en la defensa de los acuerdos de paz y algunas reformas sociales.