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Pegarles a los niños

Armando Montenegro
26 de noviembre de 2011 – 08:00 p. m.

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Quienes estudian este tema distinguen dos tipos de comportamientos: por una parte, la violencia brutal, los golpes que resultan en fracturas, moretones y heridas, y los gritos y amenazas que los aterrorizan y causan daños sicológicos perdurables.

Por otra, una versión más leve, que consiste en “disciplinarlos”, en forma de correazos, cachetadas y nalgadas.

Mientras que la violencia brutal contra los niños está claramente reprobada y penalizada en casi todas las legislaciones del planeta, la “disciplina” que imponen los padres en sus hogares sigue siendo frecuente y todavía es aceptada o, al menos, tolerada en muchas latitudes. Muchas familias consideran que ésta es su prerrogativa, la forma de educar a sus hijos. Pocos países han dado el paso de prohibir de manera explícita y terminante cualquier forma de castigo físico, así sea relativamente leve, contra los niños.

Los castigos físicos para disciplinar a los niños tienen una larguísima historia. Para no ir lejos, en la Biblia aparecen numerosas recomendaciones para imponerlos. Por ejemplo, “El que evita la vara odia a su hijo, pero el que lo ama lo disciplina con diligencia” (Proverbios, 13:24). Y la literatura universal está llena de testimonios de adultos que golpean y aterrorizan a los niños.

Asimismo, la historia de la vida privada de los distintos países habla, a lo largo de los siglos, de dolorosos y complicados sistemas de golpear y castigar a los niños, algunos crueles, semejantes a métodos de tortura. Y las biografías y las memorias de decenas de personajes nos cuentan cómo sus padres los golpearon con frecuencia, rigor y esmero.

A partir de las enseñanzas del famoso doctor Spock, prácticamente todos los sicólogos han estado en contra de disciplinar a los niños. Las razones son numerosas: se arguye que sus efectos negativos pueden inducir la depresión o la agresión, incitar a la violencia y desencadenar comportamientos delictivos; no evitan las conductas que se quieren corregir (con ese propósito, dicen, es mejor explicarles a los niños sus errores y, si fuera necesario, utilizar castigos no físicos); y, finalmente, los correazos y los golpes van en contra del ideal de la sociedad y las familias sin violencia.

Al leer el libro de Steven Pinker, The better angels of our nature —el mismo que recomendó hace unas semanas Héctor Abad, de donde se tomaron algunas de las ideas anteriores—, sobre la marcada disminución de la violencia en el mundo, es imposible no pensar en Colombia. Además del fortalecimiento del Estado, el avance de las prácticas humanitarias, la expansión del comercio y la educación, la mayor influencia de las mujeres, Pinker sugiere, entre tantas cosas, que el progresivo reconocimiento de los derechos de las mujeres, niños, gays y animales (la revolución de los derechos) ha inducido la reducción de la violencia hacia ellos y, en general, hacia sus semejantes y todos los seres vivos.

A pesar de que la violencia contra los niños está prohibida en Colombia, existe evidencia de que las palizas bíblicas siguen siendo frecuentes en el país (las denuncias por maltrato de menores al ICBF, aunque son relativamente reducidas, van en aumento). Las campañas del Estado, las escuelas y las ONG deberían enfatizar y buscar la meta de que no haya tolerancia alguna, incluso en formas leves, con los castigos físicos a los menores.

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