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Es raro que la moneda de un país lleve el nombre de su héroe nacional, el personaje que encarna las virtudes personales, éticas y políticas que, supuestamente, deben ser la guía y el ejemplo de sus ciudadanos.
Esta rareza se presenta en Venezuela con el bolívar. Antes ocurría también con el sucre en Ecuador, moneda que después fue reemplazada por el dólar (es posible que la nueva Constitución, la de Correa, introduzca el alfaro, en honor del ilustre presidente y mártir de ese país).
En defensa de esta costumbre se podría sostener que una moneda fuerte, que representa el oro y la riqueza, evoca la idea de un tesoro: la grata memoria del héroe admirado (no faltarán, sin embargo, aquellos que sostengan que señalar las monedas y billetes con el nombre de un personaje ilustre podría ser irreverente, pues abundan las asociaciones del dinero vil, cualquier dinero, con "el estiércol del diablo" o con figuras semejantes).
En cualquier caso, si un país opta por bautizar su moneda con el nombre de su héroe nacional, al menos por respeto, debería tratar de que aquella sea fuerte y estable. Debería tratar de que no se deprecie, de que su valor no tenga oscilaciones violentas, de que sea atesorada por sus habitantes y los del resto del mundo.
Éste no es el caso de Venezuela. A pesar del culto desmedido y ubicuo al Libertador, el bolívar vale menos cada día. Es curioso que un gobierno que se dice bolivariano haya permitido que su moneda se haya convertido en un chiste en el panorama monetario mundial. Los venezolanos rechazan el bolívar, buscan el dólar, todos los días más caro y apreciado.
Las cifras no mienten. Cuando Chávez subió al poder, los colombianos tenían que pagar tres pesos por cada bolívar. Hoy sólo dan menos de 50 centavos en el mercado libre.
Lo sorprendente es que la destrucción del bolívar ha ocurrido al mismo tiempo que Venezuela se ha beneficiado de la mayor bonanza petrolera de su historia. Con un manejo medianamente competente, el bolívar debería ser una moneda apreciada, dura, aceptada en los mercados internacionales. Y ha sucedido todo lo contrario. Si el nombre reflejara correctamente lo que siente el pueblo venezolano por su moneda, en lugar de bolívar debería denominarse algo así como cucaracha (se escapa a montones por las puertas, ductos, cañerías y rendijas del banco central, inunda la economía y todos quieren deshacerse de ella antes de que eche a perder todo lo que tiene valor).
En lugar de atacar la raíz de la debilidad del bolívar (el gasto descontrolado, la emisión infinita), los legisladores bolivarianos crearon una nueva moneda: el bolívar fuerte (ya se sabe que ésta no es una redundancia; hay un bolívar débil). Pero se limitaron a quitarle tres ceros a la moneda vigente: lo que valía 2.000 bolívares (antiguos, nunca débiles, en el lenguaje del régimen), valdría ahora 2 bolívares fuertes; pero el que ganaba 2.000 bolívares, hoy recibiría 2 bolívares fuertes. Puro maquillaje. Lo más triste es que, como van las cosas, vendrán más devaluaciones. El bolívar fuerte nacerá enclenque y todos los días perderá, poco a poco, su escasa fortaleza. Pobre Bolívar.
Simón Bolívar sí entendía que un buen manejo monetario era el requisito de una moneda fuerte. Por eso, cuando analizó el colapso del primer gobierno de su país dijo: "la emisión de papeles sin otro respaldo que la fuerza de ser gobierno, fue una de las causas de la caída de la República". Nunca se imaginó que casi dos siglos después, un régimen que insiste en usar su nombre hasta en los billetes, vuelve a caer en el mismo error; y por ello proliferan la escasez, la carestía y la inflación.