Por encima de todo…

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Cuando Claudia López afirmó: “La salud por encima de todo”, manifestó la manera de pensar de los líderes serios del mundo en esta emergencia.

¿Por encima de qué?

Por encima, por ejemplo, de las metas de crecimiento económico de los gobiernos; de los objetivos de los empresarios de ejecutar sus presupuestos y lograr las cifras proyectadas de producción y ventas. Y, en la vida de las personas, por encima de sus proyectos de trabajo y de viaje, de sus deseos de asistir a reuniones, fiestas e, incluso, de tomar clases e ir a gimnasios, conciertos y cines. Por encima, es claro, del ejercicio de algunas libertades individuales.

Cuando los gobernantes chinos aislaron provincias enteras y pusieron en cuarentena a millones de personas, sabían que su economía iba a sufrir un profundo deterioro. Asimismo, cuando los italianos ordenaron, en algunas regiones, el cierre de todos los negocios, con excepción de las farmacias y supermercados, y prohibieron viajes y desplazamientos, lo hicieron a conciencia de que las cifras económicas exhibirían un grave perjuicio. De la misma manera, la economía de Estados Unidos recibirá un serio impacto a raíz de las duras determinaciones que sus torpes autoridades han comenzado a tomar en los últimos días. Y, en conjunto, cuando los líderes de todos los países adoptan medidas semejantes, aceptan que el crecimiento del mundo va a bajar en forma significativa o, como lo prevén algunos economistas, sufrir una fuerte recesión.

Gran parte del brutal desplome de las bolsas y las caídas abruptas de los precios de bonos y acciones no es más que el resultado de las predicciones del impacto que van a tener las decisiones orientadas a detener los efectos del virus sobre el crecimiento, el empleo y los balances de las empresas.

Dicho de otra forma, el costo que conscientemente pagan los gobiernos y las sociedades al intentar salvar miles de vidas se puede medir en puntos del PIB que se pierden, en billones de ganancias y ventas que no se dan y, también, en miles de nuevos desempleados. Ese costo puede llegar a ser una nueva recesión, con todas sus conocidas repercusiones, dolores y secuelas.

Estos hechos demuestran que la salud y la vida, a ojos de los mejores líderes de todas partes, están por encima de las estadísticas de la actividad económica y, en algunos casos, incluso, de la libertad de movimiento y acción de los individuos (otra manera de apreciar este hecho es considerar que, si no se tomaran medidas contra la propagación del mal, ambos, el deterioro económico y los muertos a causa del virus, serían bastante mayores de lo que van a ser en este año).

Lo que no pueden hacer los gobiernos, conscientes de sus responsabilidades y los costos de sus decisiones y omisiones, es hacer mal sus tareas. No pueden quedarse con lo peor de los dos mundos: con miles de infectados y muertos y sus economías deshechas. Como ya se ha visto en otros países, la demora y la imprevisión para equipar adecuadamente el sistema de salud con personal, suministros y camas hospitalarias habilitadas y dotadas, y la falta de directrices para que las personas se protejan y en lo posible se distancien físicamente de los demás pueden tener graves consecuencias.

Claudia ya puso la alerta amarilla en Bogotá y el ministro de Salud la emergencia sanitaria al país. Puede que llegue la hora de decretar el estado de emergencia económica y social.

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