Presidencialismo en crisis

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No es un problema exclusivo de Colombia. En Brasil, Chile, Argentina y Perú, los presidentes hoy no cuentan con mayorías en sus congresos. En medio de grandes dificultades económicas y sociales, a raíz de esta situación, los mandatarios enfrentan serios obstáculos para sacar adelante sus iniciativas, y agudos problemas sociales permanecen sin solución. Así se mina la confianza en la democracia y se deteriora la popularidad de líderes que prometieron importantes transformaciones, pero que no pueden cumplirles a sus electores.

Este asunto no es nuevo. Michael Reid, de The Economist, reseña que casi todos los presidentes latinoamericanos entre 1930 y 1990 (71 gobiernos analizados en una conocida investigación) carecieron de mayorías legislativas. Y comenta que otro estudio, realizado en 2005, de dos elecciones sucesivas en 18 países, encontró que solo en tres casos el partido del presidente tuvo la mayoría en la Cámara de Representantes. Su conclusión es que los presidentes latinoamericanos con frecuencia son “castrados” por la fragmentación política.

Una de las consecuencias de que el Ejecutivo cuente con minorías parlamentarias es que las mayorías no solo pueden bloquear las iniciativas del Gobierno, sino que, cuando se agudiza la polarización, pueden producir la caída de ministros y otros funcionarios y, en algunos casos, lograr que los presidentes no terminen sus períodos (v.g. Kuczynski). En otros casos, los presidentes sin gobernabilidad, acosados por mayorías hostiles en el Congreso, tratan de ampliar los poderes del Ejecutivo, invadir los terrenos de las cortes, buscar caminos plebiscitarios y rumbos antidemocráticos, como el de Fujimori.

En Colombia, desde los días del Frente Nacional, los presidentes lograron la gobernabilidad mediante acuerdos de representación política con los principales partidos y sus fracciones y disidencias, de tal forma que aseguraron la conformación de sólidos bloques mayoritarios en el Congreso. Esto no solo garantizó la aprobación de presupuestos, reformas y leyes diversas, sino que impidió que, en medio de grandes crisis económicas y sociales, ciertos gobiernos extremadamente débiles no pudieran terminar sus períodos (López Michelsen insistía en que los gobiernos no se caen por malos, sino por débiles).

En nuestro país, por diversas razones, no siempre correctas, en los últimos años se ha confundido la conformación de coaliciones para gobernar con la “mermelada”, una práctica que frecuentemente se asocia con la corrupción. Por este motivo, el presidente Duque renunció al diálogo con otras colectividades para buscar la conformación de bloques y pactos políticos que permitieran la representación política (sin “mermelada”) y asegurar mayorías en el Congreso, al menos para la aprobación de algunas iniciativas prioritarias. De esta forma, el mandatario ha preferido asumir los riesgos y las consecuencias que señalan Reid y otros analistas para los presidentes cuyos partidos son minoritarios en el Congreso.

Ante estas realidades latinoamericanas, algunos politólogos de cuando en cuando proponen que se adopte en nuestro medio alguna forma del sistema parlamentario, el cual, en su opinión, podría asegurar la gobernabilidad, con mayor estabilidad y, en consecuencia, la posibilidad de enfrentar de manera consistente numerosos problemas económicos y sociales.

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