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Los inocentes desnudos de Playboy, los mismos que hace décadas se vendían por millones y eran una fuente de curiosidad, diversión y pecado —cuando algunos todavía creían que cometían pecados con esas fotos— se quedaron sin clientes en los últimos años.
Películas y videos eróticos, a veces con opciones interactivas, se encuentran por montones en internet, sin ninguna restricción y sin costo. Ante la pérdida masiva de lectores, Playboy tenía la alternativa de entrar en el negocio del porno duro, algo que no quiso hacer, o morir en su ley, como tantas otras revistas, víctimas de la red. Lo raro es que, sorpresivamente, tomó un camino diferente que simplemente pospone su final.
En lugar de aceptar su derrota y terminar sus actividades, decidió seguir adelante como una publicación sin desnudos, únicamente con artículos y fotos, como cualquier otra publicación para hombres. No es difícil predecir que va camino del fracaso.
Si hubieran seguido la fórmula que va a seguir Playboy, las tiendas que vendían y alquilaban películas, en lugar de cerrar después del desplome de sus ventas a raíz de la competencia del internet, se habrían dedicado a vender gaseosas, dulces y pop-corn, artículos que complementaban el “plan” del cine en casa. Algo parecido hubieran podido hacer las tiendas de discos y ciertas librerías que hoy venden café y galletas a sus clientes.
Es interesante lo que le pasó a Coca-Cola, cuando hace algunos años, asediada por la competencia de Pepsi, decidió cambiar su sabor clásico y tradicional y trató de inventarse una nueva fórmula. El fracaso fue estruendoso. La Coca-Cola sin sabor a Coca-Cola no era Coca-Cola. Después de un grave castigo en sus ventas, tuvo que volver a lo suyo y hacer un esfuerzo masivo de mercadeo para corregir el error que dio origen a sus problemas y recuperar lo perdido.
Este tipo de decisiones se toman en diversos y variados escenarios. En los años 60, cuando apareció la píldora anticonceptiva y millones de católicos comenzaron a utilizarla, la Iglesia católica, que venía en un proceso de apertura y modernización, decidió, de pronto, oponerse prácticamente a todas las formas de planificación familiar. La mayoría de sus fieles, igual, siguieron con sus píldoras y condones.
A pesar de que el país se aleja aceleradamente de los grupos políticos tradicionales, algo especialmente visible entre los jóvenes, el Partido Liberal, después de que había impulsado un proceso de renovación, decidió encargar de su dirección a un veterano dirigente, mayor de 70 años, con cicatrices y magulladuras, y con un lenguaje que poco les dice a las nuevas generaciones de colombianos.
Y ya se ve venir una decisión como la de Playboy como consecuencia de los retrocesos recientes del fútbol colombiano. Cuando la opinión pública comience a pedir la cabeza de Pékerman (¿después del próximo partido contra Chile en Santiago?), en lugar de optar por la alternativa de profundizar la renovación y la pulcritud —sosteniendo al técnico argentino o, mejor, consiguiendo un entrenador de mayor nivel en el mundo—, muchos dirigentes, periodistas y gente de ese negocio, con seguridad, proclamarán erróneamente que el camino del futuro es volver a entronizar al Bolillo Gómez y su rosca y reiniciar el culebrón, incluyendo, claro, los escándalos y las golpizas alicoradas a sus novias.