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Umberto Eco sostiene que las conspiraciones más poderosas son las que no existen, y que, por esa misma razón, su inexistencia no se puede demostrar.
El combustible que las mantiene vivas, añade Eco, es la paranoia, el temor enfermizo de que fuerzas oscuras maquinan y cometen crímenes con impunidad. La paranoia conecta indicios, coincidencias y sospechas y fabrica maniobras y retorcidos complots que tienen sentido sólo en la mente de sus autores.
La trama de la última novela de Juan Gabriel Vázquez narra el tortuoso acercamiento entre Carlos Carballo —un paranoico convencido de que la historia no es más que una red de conspiraciones— y el narrador, escéptico y racional, el mismo Vásquez, desdeñoso de las extravagancias y obsesiones del primero. Vásquez no es capaz de contagiarle su racionalidad a Carballo, pero este último sí hace que el escritor mire de cerca el infierno en que vive y lo lleva a comprender las fracciones de realidad sobre las que construye sus tesis conspirativas, las mismas que llenan buena parte de la novela. Vásquez no llega a convencerse, pero sí alcanza a ver el tope de un iceberg cuyo cuerpo sumergido se completa con certeza en la mente de Carballo.
En el caso del asesinato de Uribe Uribe, Carballo (y el libro) repite, paso a paso, las teorías y hallazgos de Marco Tulio Anzola Samper, quien después de analizar el crimen y encontrar una serie de indicios que lo llevaron a sospechar seriamente de políticos y religiosos conservadores, escribió un libro con la memoria detallada de sus investigaciones. Y en el caso del asesinato de Gaitán, sin un documento como el de Anzola Samper, Carballo se aferra a hipótesis fragmentarias, pero, sobre todo, repite lo que oyó en su casa sobre el crimen, en realidad, más o menos lo mismo que cuenta en sus memorias García Márquez (un autor que, a sabiendas de que la cifra verdadera fue bastante reducida, ya había puesto a los colombianos a pensar que hubo miles de muertos en la masacre las bananeras), donde el Nobel no sólo sostiene que fue testigo presencial del crimen, sino que también vio a un hombre elegante —su vestimenta y sus pulcros modales serían la prueba reina que vincula a los poderosos con el magnicidio— señalando el escondite de Roa Sierra para que la multitud lo linchara y así su cómplice, de “vestido fino”, se pudiera escapar.
La conspiración aparece en la mente de Carballo con tonos religiosos. Las fuerzas oscuras truncan brutalmente la vida de quienes hubieran podido ser los redentores. Los mártires, entonces, se convierten en objeto de culto, veneración y lamento. Por eso, al igual que ocurría con las falanges, los mechones de pelo o el corazón de los santos, personas como Carballo tratan de atesorar reliquias como el cráneo y los huesos de Gaitán y Uribe Uribe. Esas reliquias son el puente entre la realidad y el delirio.
En su esfuerzo por acercarse a los fantasmas de Carballo, Vázquez termina examinando dolorosos episodios del pasado de Colombia, “un lugar de sombras del cual saltaban criaturas horribles”. Y repite la idea de que, a veces, los paranoicos sí son perseguidos y, en ocasiones, ellos también tienen enemigos reales. Pero ya sabemos, como dice Eco, que en la mayoría de los casos esos enemigos son invencibles, pues, simplemente, no existen.
Juan Gabriel Vásquez (2015) La forma de las ruinas. Bogotá, Alfaguara.