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Esta semana se dio otra batalla entre las escuelas que dominan el fútbol de la actualidad: el veloz contragolpe, respaldado por una defensa cerrada, versus el vistoso toque-toque; lo práctico y efectista contra el juego bonito; los estilos de Mourinho, Ancelotti y Simeone contra la filosofía de Guardiola, cuyas románticas ideas fueron derrotadas sin atenuantes en Madrid y Múnich.
Los antecedentes de esta lucha se remontan a los orígenes del fútbol moderno. Desde que vemos los campeonatos mundiales en televisión, el Brasil de Pelé se enfrentó contra la velocidad y la eficacia de los grandes equipos de Europa; la inolvidable Naranja Mecánica libró legendarias batallas contra la defensa y la velocidad de Italia; la España de Iniesta y Xavi triunfó contra Holanda y Alemania en Sudáfrica. Y, más recientemente, Guardiola y Mourinho lucharon sin cuartel en la Liga española.
Las declaraciones de Guardiola, después del desastre, indican que se mantiene firme en sus principios. Se aferra al dominio del balón, el legado de Cruyff. El juego bonito y el fútbol del gozo constituyen el objetivo central de sus equipos. El fin, los goles, no justifica los medios, como en el caso de Mourinho, el sacrificio del espectáculo a cambio del resultado.
Lo sucedido en estos años, en cualquier caso, deja en claro que sin jugadores superdotados, ninguna de las escuelas puede triunfar. Para el Barcelona de Guardiola, tal vez el mejor equipo de la historia, era indispensable contar con la genialidad de Messi e Iniesta que producían grietas en las defensas más cerradas (ahora, con estos jugadores apagados, este equipo parece una desesperante caricatura de sí mismo). Y el Madrid de Ancelotti, que espera al contrario atrás, en su fortaleza defensiva, para buscar la oportunidad de sus ataques sorpresivos, necesita jugadores con una capacidad física excepcional, como Ronaldo y Bale, en términos de velocidad, dominio y trato del balón (algunos de los genios arrebatados como Maradona, capaces de cambiar el curso de un partido con una de sus ráfagas de inspiración, distaban de ser verdaderos atletas; incluso en sus momentos estelares, el perímetro de la cintura del Pelusa ya delataba su tendencia al sobrepeso).
La selección Colombia del Pibe, exponente destacada del juego bonito, fue triunfadora mientras mantuvo la inspiración de un puñado de jugadores extraordinarios. Pero, ya desde antes del Mundial de Estados Unidos, con algunas de sus figuras aburguesadas, enviciadas por el abuso de infinitos pases inútiles, sin capacidad de ataque, se convirtió en un estéril remedo de sus mejores días (esto para no hablar de la contribución al desastre de los dineros de las mafias). Tuvieron que pasar muchos años, esperar a nuevas generaciones de futbolistas y recibir el aire refrescante de Pékerman para hallar otra vez una manera efectiva de jugar.
De todo esto surgen interrogantes sobre el próximo Mundial. ¿España, practicante de un toque cada vez más improductivo, con algunas de sus figuras en decadencia y sin jugadores geniales en ascenso, será derrotada en las primeras vueltas? ¿Alemania, algunos de cuyos jugadores no están en la plenitud de sus facultades físicas, podrá satisfacer las enormes expectativas que ha creado? ¿Será Brasil, un equipo que trata de lograr una especie de síntesis entre las escuelas, el ganador del torneo?