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HACE DÉCADAS LOS OJOS DE AURElio Arturo se detuvieron en las hojas, los bosques y las aguas cristalinas de Nariño.
Era una luminosa naturaleza que aún no había sido tocada por la urbanización, la tala, los aserraderos, los incendios forestales y las siembras de coca y amapola.
Si volviera, el poeta reaccionaría adolorido ante el paraíso perdido. El empuje de colonos, negociantes y depredadores de todas las pelambres, con la venia cómplice de las autoridades, todos los días destruye los bosques, contamina el agua y erosiona sus tierras.
Quien visita Pasto, una ciudad antes rodeada de trigales, sauces y eucaliptos, puede constatar el acelerado retroceso del verde y el acoso a que son sometidos los árboles y los bosques, los mismos que alguna vez fueron una parte esencial de su paisaje y de la relación de sus gentes con su entorno.
Hace décadas, para construir el hospital departamental, la biblioteca de la ciudad y la sede de la salud pública se invadieron tres de sus escasos parques. Y desde entonces, a pesar del afán quijotesco de algunos enamorados de la naturaleza, no se han construido nuevos espacios verdes.
Aun así, hasta hace poco subsistieron algunos bosques de eucaliptos en medio de la ciudad y en sus colinas vecinas. Y algunas avenidas florecidas mantuvieron árboles, arbustos y zonas verdes.
Esto quedó en el pasado. Todos los días el verde retrocede, y su lugar lo ocupan, agresivos, el cemento muerto, el polvo y el barro. Se ahuyentan los pájaros, se acaban las flores y la brisa ya no tiene ramas ni hojas que mecer.
Este proceso burdo se ha acelerado en los años recientes. Se urbanizaron los últimos grandes lotes de terreno dentro de la ciudad que pudieran haberse convertido en parques; cayeron los pintorescos bosques de los barrios del norte; se talaron árboles de las avenidas, la plaza central y sus calles. Su lugar lo ha tomado, como una sarna invasiva, el color sucio del cemento. Un paisaje antes bello y armonioso se convirtió de golpe en un montón de concreto y ladrillo. Una ciudad cuyo distintivo fue el verde comienza a parecerse cada día más a cualquiera de las brutales y anónimas urbes del resto del país.
¿Por qué muchos nariñenses no defienden el emblemático verde de su comarca? Un amigo sociólogo me dice que buena parte de sus políticos y habitantes se avergüenza de sus orígenes rurales y, para tratar de ocultar este hecho, se esfuerza en erradicar el verde, y proclama su nueva condición citadina por medio de su apego al concreto, al pavimento y al polvo de calles caóticas.
Es decepcionante la nula acogida que han tenido las quejas y las alarmas que han venido emitiendo el arquitecto Fabio Gómez Hoyos y un pequeño grupo de personas que, desconsoladas por la persecución a los árboles y las zonas verdes, se han chocado contra los oídos sordos de las autoridades y sus conciudadanos.
Si las cosas siguen como van, nuestros hijos y nietos no van a entender por qué Aurelio Arturo decía que allá en el Sur, el verde era de todos los colores. Los buenos líderes de la ciudad y sus habitantes no deberían resignarse. Deberían tratar de que los árboles regresaran a sus calles, plazas, avenidas y antejardines; construir nuevos parques y defender los existentes; deberían, en fin, procurar que el verde, los pájaros y las flores sean otra vez un elemento esencial de su vida.