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Votos y subsidios

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LOS HISTORIADORES DE GRECIA Y Roma cuentan con lujo de detalles cómo los políticos de la época clásica utilizaban los recursos públicos para adquirir el favor de las mayorías, ganar elecciones y mantenerse en el poder.

En América Latina, Evita Perón creó toda una infraestructura institucional para comprar con obsequios y abrazos el apoyo popular al proyecto político de su esposo. Así nació la leyenda de la heroína de los descamisados.

En nuestro medio, el uso político de los regalos a los pobres tiene más de medio siglo de vida. Comienza con Sendas en el régimen del general Rojas Pinilla; revive con los cheques que distribuía el gobierno Samper a nombre del llamado salto social; y continúa en nuestros días con el nutrido arsenal de subsidios de la Seguridad Democrática.

La forma moderna del populismo colombiano se construyó sobre dos pilares con sólidas bases técnicas: el Sisbén, creado y desarrollado en el gobierno Gaviria, para focalizar los auxilios del Estado únicamente sobre los más pobres; y el programa Familias en Acción, impulsado por la administración Pastrana en medio de la crisis económica de comienzos del siglo, con el objeto de atacar la pobreza con subsidios condicionados y transitorios. Por obra y gracia de la politiquería, millones de personas que no son pobres forman parte del Sisbén y reciben subsidios del Estado. Y la cobertura de Familias en Acción, al comienzo una iniciativa modelo, se amplió en forma apresurada y antitécnica, al parecer, con una clara orientación electoral.

Los réditos políticos de estas operaciones son enormes. Los analistas señalan que buena parte de la popularidad del Gobierno en los estratos 1 y 2 —muy superior a la que tiene en los grupos de mayores ingresos—, se origina precisamente en los subsidios directos. Y en las pasadas elecciones parlamentarias, dice la prensa, los cheques de Familias en Acción fueron uno de sus principales protagonistas.

A la gente no se le explica que la política social es un imperativo de la Constitución, el resultado del esfuerzo del Estado para responder a los derechos de los ciudadanos, sino un regalo generoso del gobierno. Se proclama que la gente debe estar agradecida por la bondad de un mandatario que ofrece esos regalos (con plata de los contribuyentes) por obra y gracia de su buen corazón.

Los populistas modernos descubrieron que es más efectivo, desde el punto de vista político y de propaganda, girar un cheque, con nombre y apellido, a favor de un ciudadano pobre, que desarrollar buenos programas generales e impersonales como los de educación, salud y nutrición. Con el cheque individual, los escogidos establecen una relación de dependencia con su benefactor.

No deja de ser irónico que los subsidios a la demanda, promovidos por el Banco Mundial y decenas de economistas interesados en desarrollar una buena política social, terminaron convertidos en una de las herramientas más efectivas de los gobernantes populistas de América Latina (también los usan Chávez, Correa y otros mandatarios de América Latina).

Quien lea la historia y mire los periódicos de estos años, no tiene más remedio que concluir que algunos de los subsidios sociales del siglo XXI tienen el mismo propósito político que la repartición de trigo en la Roma de antes de Cristo. Después de que se consume el trigo y se gastan los cheques casi no queda nada.

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