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Colegas, durante años traté de hablarles de la historia de nuestro conflicto armado, ahora que Colombia está a punto de votar para terminar esta guerra, me pregunto si algo habrá quedado en su memoria y, sobre todo, en sus corazones.
Hablamos de tantas cosas, que no puedo evitar sentir que siempre el tiempo fue corto o que quedaron muchos temas por profundizar. Me inquieta saber que pude haber encontrado mejores recursos, lecturas más pertinentes e interesantes; que debí hacer más énfasis en la relación que hubo entre las constituciones de la naciente república y las múltiples guerras civiles que se dieron a lo largo del Siglo XIX.
Ahora que he dejado temporalmente las aulas, no dejo de pensar en ustedes y en el alcance que tuvieron nuestras discusiones en sus vidas. Me pregunto si haber intentado narrar la guerra sirvió para que comprendieran el dolor de millones de colombianos que han sido víctimas del conflicto armado, o si haber hecho tanto énfasis en la violencia les produjo apatía, indiferencia o, lo que sería peor: les ha impedido pensar que la paz era y es posible.
Con el paso del tiempo la clase de Actualidad Colombiana se concentró en dos temas: el estudio del proceso de paz de La Habana y la construcción de un Museo Escolar de la Memoria. Estudiábamos la guerra para comprender cómo esta generó todo tipo de violencias que muchas veces no sabíamos cómo nombrar. Pero también hicimos memoria, para comprender que esa violencia no fue ajena a nuestros entornos cercanos: ustedes reconstruyeron la historia de sus padres, de sus abuelos, de sus tíos y en ellas fueron descubriendo que esa guerra que parecía extraña también tenía que ver con ustedes. Ya no se trataba de aprender de memoria la guerra, sino de hacer memoria para comprender la guerra.
Colegas, muchas veces, al terminar las clases ustedes me preguntaban: “Arturo, ¿qué podemos hacer? ¿Cómo es posible que todo esto haya ocurrido en el país?”. No creo que haya logrado dar una respuesta oportuna ante tanto dolor que solo parecía repetirse como un espiral en la mirada. Espero no sea muy tarde y sus preguntas sigan firmes como aquellas mañanas de colegio. Yo aún no tengo la respuesta, pero quizá ustedes la encuentren el próximo 2 de octubre.
Muchos de ustedes votarán el próximo domingo por primera vez, háganlo con entusiasmo y con alegría, no dejen que el odio les impida ver las oportunidades que tendremos al vivir en un país sin guerra. Colegas, no permitan que los profetas del odio y del pasado les impida creer que otro país es posible.