Cartas de amor

Arturo Charria
07 de marzo de 2019 – 12:00 a. m.

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La medicina ha identificado varias formas de estudiar los problemas que existen para expresar lo que sentimos. Así, en su intento por salvarnos del abismo que separa nuestras ideas de aquello que pronunciamos, ha diagnosticado de múltiples formas este trastorno.

Algunos estudios hablan de “demencia semántica”, cuya consecuencia es la incapacidad de representar mentalmente los objetos que pronunciamos. Imaginemos que al decir luz o mesa, en lugar de pensar en un día soleado o la superficie sobre la que cenamos cada día, el resultado es un vacío apenas comparable con el silencio. Otros estudios hablan de la “afasia”, enfermedad que nos impide comunicarnos de forma convencional, y cuyo nombre proviene de su etimología griega: “imposibilidad de hablar”. Un tercer diagnóstico se refiere a la “letológica” como aquello que sucede cuando se nos olvida “esa” palabra en el instante previo a pronunciarla.

Es famosa la “demencia semántica” o “peste del olvido” en Cien años de soledad. Cuando la gente de Macondo empezó a olvidar el nombre de las cosas, José Arcadio Buendía resolvió el asunto con un hisopo entintado: “Marcó cada cosa con su nombre: mesa, silla, reloj, puerta, pared, cama, cacerola”. El asunto se fue volviendo más complejo y un día colgó en la cerviz de la vaca un letrero más directo: “Esta es la vaca, hay que ordeñarla todas las mañanas para que produzca leche y la leche hay que hervirla para mezclarla con el café y hacer café con leche”.

Cada situación estremece. Asimilar que un día las palabras se evaporan resulta desolador, pues no poder expresar aquello que nos conmueve es tan triste como no sentirlo. Torpe sería pensar que toda expresión se limita a la palabra dicha porque allí también cabe la lengua de señas, la escritura y esos gestos con que nos comunicamos cuando las palabras son insuficientes. Así, ¿cómo sobrevivir a esos silencios, más allá de la ciencia médica?

Los tratamientos pueden seguir prescripciones y terapias en los que se recetan medicamentos, ejercicios caseros o, lo que en mi caso ha sido fundamental: escribir cartas de amor. Intentar desarrollar esta última idea es el propósito de esta columna. Ninguna cura es perfecta, y, sin embargo, la escritura de cartas, como otras alternativas, alberga el riesgo de resultar peor que la enfermedad, pues “ahogado” en su torrente de palabras el paciente podría estar firmando su propia acta de defunción.

Uno de los primeros en usar este método fue el Cyrano de Bergerac. El Cyrano padecía una condición que lo hacía vivir doblemente exaltado, era espadachín y poeta. Y, adicionalmente, sufría un amor no correspondido, por tanto, había perdido el miedo a la muerte. El Cyrano decidió prestar sus palabras para que otro enamorara a la mujer que amaba y con las que le quedaron arremetió contra el gobierno. Cuenta Edmond Rostand en su obra de teatro que el Cyrano muere tras un atentado por sus últimos escritos, que tenían en cada línea la rabia del desamor. Agoniza musitando de memoria su última carta.

En Cartagena, en el Portal de los Escribanos, Florentino Ariza pasaba las tardes escribiendo cartas para que otros se enamoraran. En lugar de cobrar, él agradecía descargar ese exceso de palabras que le impedían respirar el aire que traía el mar y en el que venía cifrada Fermina Daza. Él la encontraba en cada lugar de la ciudad: mientras caminaba entre el malecón y el puerto, probando cualquier suerte que le ayudara a sacársela de encima o, como mínimo, silenciar las palabras que la traían siempre de vuelta. Entonces volvía a su mesa de escribano, para prestar a otros sus palabras de amor.

Por eso las cartas de amor no siempre se escriben para ser entregadas, pues muchas de ellas hacen parte de una terapia que nos permite administrar la relación disléxica entre las palabras y las emociones. Me pregunto si quienes recibieron mis cartas sabrán que esas frases son el vano esfuerzo que hago cada día para sobrevivir al abismo de no poder expresar lo que siento. 

@arturocharria

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