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“El campesino embejucao”

Arturo Charria
08 de junio de 2016 – 10:21 p. m.

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El Paro Agrario demuestra que no se puede seguir hablando de posconflicto como el escenario que vendrá después de la firma de los acuerdos de La Habana.

El Paro no tiene como propósito transformar radicalmente, a través de movilizaciones y bloqueos, las condiciones de miseria y olvido en que viven millones de campesinos. Pensar eso sería ingenuo, pues desconoce la naturaleza de esta acción. Un paro busca acumular fuerza política en un escenario de conflicto social para negociar las transformaciones deseadas.

Por tanto, el objetivo del Paro Agrario está en hacer evidente un conflicto social. De ahí el malestar que genera la palabra “posconflicto”, o lo que es peor, la afirmación que el gobierno ha sostenido en distintas ocasiones: “ya estamos viviendo el posconflicto”.

Una cosa es destacar la superación de la confrontación armada (etapa que estamos a punto de cerrar con las FARC) y otra muy distinta hablar de la superación de los conflictos sociales, políticos y económicos que dieron origen a la guerra o que se han acumulado alrededor de esta. La palabra “posconflicto” vende esa idea, que es reduccionista y peligrosa.

Dos importantes investigadores nos dan luces para comprender el error de usar esta palabra, Paul Lederach y Johan Galtung. Por un lado, Lederach nos invita a cambiar la idea de acabar los conflictos, ya que estos hacen parte de la naturaleza humana e incluso son necesarios para el progreso de la sociedad (la dinamizan). Así, dice que hay que hablar de “transformación del conflicto”, de manera que encontremos otras formas de asumirlo más allá de la guerra.

Por otro lado, Galtung habla de una paz negativa y una paz positiva. La primera se concentra en superar de manera exclusiva la confrontación armada. La segunda es más compleja, no solo incluye la superación de la violencia física y personal, sino que, adicionalmente, se concentra en reducir y trabajar por superar las condiciones sociales, políticas y económicas que dieron origen a la guerra. En pocas palabras, para Galtung la falta de oportunidades de una sociedad es tan peligrosa como la guerra misma.

La respuesta por parte del gobierno al Paro Agrario muestra lo lejos que estamos de los planteamientos de Lederach y Galtung, pues ha tratado de manera irresponsable la movilización campesina. No se trata solo del uso de la fuerza por parte del Escuadrón Móvil Antidisturbios (ESMAD), sino de la insistencia del Ministro de Defensa, Luis Carlos Villegas, de afirmar que el Paro está infiltrado por la guerrilla, concretamente por el ELN.

A esta afirmación se suma el trato que recibe la noticia en los medios de comunicación, en los que el uso del lenguaje es tan violento como el del ESMAD, hablan del paro con categorías como “bloqueo”, “incendio” y “desordenes”. Esto impide que se hable del Paro como el resultado de un conflicto social que no se agota con la firma del acuerdo de La Habana y, lo que puede ser más grave, si lo acordado entre las FARC y el gobierno responde de manera efectiva a los conflictos sociales que se acumulan en la distante Colombia rural.

Al revisar el pliego de peticiones realizado por las organizaciones que se agrupan en la Cumbre Agraria, se podría afirmar que el gobierno ya tiene escrita la solución, la firmó en las promesas que hizo hace tres años en el paro campesino de 2013 y en el Punto 1 de los acuerdos de La Habana. Los campesinos tienen seis puntos, que se sintetizan en uno: dignidad de vivir en el campo y de trabajar en él. Pero los acuerdos siguen siendo de papel y el incumplimiento de estos genera una frustración que estalla de manera cada vez más contundente.

Por eso, resulta irresponsable y temeraria la afirmación del Ministro de Defensa, ya que al afirmar que hay infiltración de la guerrilla en el Paro, pone en riesgo la seguridad y la vida de los miles de campesinos que buscan mejorar sus condiciones sociales.

De mantener su discurso sobre el “posconflicto”, el gobierno podría terminar como los mitómanos, que de tanto repetir sus propias mentiras, distorsionan la realidad en la que se mueven.

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