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El derecho a la rebeldía

Arturo Charria
06 de abril de 2016 – 10:38 p. m.

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En memoria de David Román.

Cuando me enteré de su muerte, lo primero que pensé fue por qué el mundo seguía girando naturalmente, como si nada hubiera pasado.

David tenía veintiún años y la rebeldía en su espíritu. Lo conocí hace cinco años; él ingresaba a décimo grado y yo comenzaba a dictar clase en su colegio. El curso duró seis meses, pero el tema –como suele ocurrir en las conversaciones fundamentales de la vida– quedó inconcluso. Junto a otros compañeros y profesores decidimos seguir reuniéndonos dos veces por semana, (y así lo hicimos) hasta que se graduó.

Nunca supe a qué hora salía de su casa, pues solía llegar en bicicleta y recorrer cerca de 150 calles hasta llegar al colegio. Pero así era él, firme en sus convicciones, hasta el punto de hacer temblar la tierra cuando sentía que algo no era justo.

Con David me cuestioné por primera vez, como profesor, el propósito que suelen tener las tareas, él se negaba a hacer algo cuyo único propósito fuera cumplir con una formalidad. Muchas veces prefirió poner en riesgo una materia que perder el tiempo haciendo algo que no le aportara nada. Al final del curso, lograba superar sus asignaturas y de paso había logrado leer varias novelas de sus escritores preferidos, visto ciclos completos de cine y ganado interminables partidas de ajedrez.

Una vez decidió escaparse del colegio para irse a cine con su novia. Cinco minutos antes, junto a otro profesor los vimos con la picardía y los nervios en la mirada. “Esos tienen cara de que se van a escapar” dijo mi compañero. Aunque los “cogieron en fuga”, habían logrado su cometido, pues no se trataba de ver la película o irse a caminar por la ciudad, de lo que se trataba era del acto de huir, de saltar la reja y creer que siempre hay algo del otro lado.

Pero no todo era vértigo para David. También podía disfrutar como pocos de la contemplación, del trabajo que podían darle sus manos. Cuando se graduó tomó una decisión que siempre admiré en él: decidió no estudiar por un tiempo. Quería pensar y pensarse a sí mismo. Se fue a vivir al campo y ayudar a su mamá en un proyecto que tenían. Un fin de semana nos invitó a una comida, al terminar de almorzar nos contaba cómo pasaba sus días, cómo la mitad del día trabajaba junto a un maestro en la construcción de una habitación: extendía sus manos y contaba cómo levantó ese techo, cómo levantó esa pared. Luego decía que el resto del día lo dedicaba a la lectura y al trabajo en la huerta. Ahí supe que la rebeldía de David no era una actitud retadora, natural en los adolescentes, sino consecuente hasta donde la palabra misma alcanza en su definición.

Pero el mundo se quedaba corto para él. Había tanto ímpetu en su cuerpo que el pecho debía arderle como un mediodía en el centro la tierra. Por eso comenzó a escalar, quería seguir saltando cercas y muros que le cortaban el aire y la mirada; quería ver del otro lado o llegar a la cima de la montaña para entender mejor eso de lo que hablaban los libros de filosofía que leía en la facultad.

Estas palabras resultan imposibles para alcanzar el viento que ahora está cargado de él y que no dejará de volar sobre quienes lo conocimos. Sin embargo, nos queda la fuerza de su mirada, capaz de llenar de recuerdos este silencio que ahora está por todas partes. Nos queda la certeza que en la vida siempre hay algo más, que la rebeldía no debe ser una actitud ante la vida, sino un derecho por el que tenemos que luchar, como él lo hizo; como lo sigue haciendo en este momento, que ya no se mide en tiempos de relojes y que es para siempre.
 

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