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Las palabras de Pastor Alape en Bojayá y las de Iván Márquez en La Habana son históricas, marcan una ruptura con el lenguaje que por décadas han usado las FARC para legitimar su guerra.
No son iguales, no tienen el mismo tono, pues ambas, aunque cercanas en el tiempo, responden a propósitos diferentes. Las primeras tienen la necesaria solemnidad que exigía el momento: las FARC, por primera vez en su historia y frente a una comunidad entera a la que le causó daño, pidió perdón. Las segundas, menos emotivas, fueron la renuncia a su discurso fundacional, en el que solo existía un victimario, el Estado.
Los hechos de Bojayá, que tuvieron lugar el pasado 6 de diciembre, no pueden pasar desapercibidos para el país, mucho menos pueden reducirse a una noticia más sobre el proceso de paz. Deben leerse como lo que fue, como una petición sincera y sentida de perdón por parte del victimario ante aquellos a los que infringió un inmenso dolor.
Allí no hubo nada de teatralidad. Las FARC no intentaron justificar lo ocurrido culpando a los paramilitares por usar a la población civil como escudo humano, tampoco mencionaron a la Fuerza Pública ni al Estado. Por su lado, los habitantes de Bojayá pidieron que los medios de comunicación no estuvieran presentes, pues no querían que la ceremonia se convirtiera en un espectáculo.
Alape leyó lentamente el comunicado, le temblaban su voz y las hojas que sostenía en sus manos. Frente a los habitantes del pueblo chocoano no estaba el guerrillero que tantas veces había desafiado al Estado colombiano; estaba un hombre que en cada palabra leída sentía el peso de su propia congoja, lo sentía en el silencio de los habitantes, en el dolor de sus miradas, en la certeza de que ninguna idea justificaba el daño causado por sus acciones.
Por otro lado, las palabras de Iván Márquez podrían parecer un discurso más entre los muchos que ha pronunciado como Jefe del equipo negociador de las FARC. Pero no lo fue, basta con revisar la diferencia entre la intervención que Márquez hizo en Oslo en noviembre de 2012, cuando se iniciaban oficialmente los diálogos, y la que hizo el martes pasado en La Habana.
En Oslo su actitud fue desafiante, retaba al Estado, lo responsabilizaba de la guerra y de sus consecuencias, decía que la Agenda no era una camisa de fuerza y en la Mesa de negociación no había temas vedados. En síntesis, fue un intento por golpear el tablero de juego antes de ordenar las fichas y comenzar la partida.
El martes pasado, en La Habana, no estaba la misma soberbia, sus palabras eran fuertes y seguras, pero estas ya no intentaban justificar la lucha armada o interpretar el norte de sus acciones dentro de la lucha de clases. Puede parecer sutil, pero el giro en el lenguaje de Márquez no está en el contenido de sus palabras, sino en la renuncia de las mismas como justificación de la crueldad o, lo que en otros contextos solía llamar, situaciones de guerra.
Es importante pensar ambos discursos en la dimensión de los escenarios en que fueron pronunciados para comprender el alcance histórico de los mismos. El de Alape nos permite entender que la justicia no solo puede tasarse en años de cárcel, sino en la voluntad del victimario de reconocer su responsabilidad, de enfrentar el daño que causó a una persona y de reconocer que ese daño es irreparable. Solo a través de esta relación se pueden asimilar nociones abstractas y complejas como reconciliación y no repetición. Por otro lado, el discurso de Márquez obedece a otra esfera: a la política; su valor está en la renuncia al uso de las armas como forma de alcanzar sus objetivos. En sus palabras está la aceptación de la guerrilla de someterse a un tribunal de justicia, de aceptar las sentencias que este determine y de emprender acciones que puedan reparar a sus víctimas.
No será fácil que se comprenda este giro en el lenguaje de las FARC, ya que durante años las palabras fueron un arma con las que intimidaron a la sociedad. El reto es enorme: las FARC deben encontrar las palabras y los gestos precisos para desarmar el odio con que la sociedad las nombra, y el Gobierno debe hacer más visible casos como los ocurridos el 6 de diciembre en Bojayá, respetando la intimidad y la dignidad de las comunidades donde se realicen estas ceremonias.
Este giro en el lenguaje también involucra a la sociedad, que por años ha encontrado todas las formas posibles para nombrar la guerra y se ha limitado a pensar la paz como una paloma blanca. Quizá con este nuevo lenguaje los colombianos puedan hacer su gran aporte para la reconciliación del país: comenzar a pensar qué significa vivir en un país sin conflicto armado.