El Grito

Arturo Charria
20 de septiembre de 2018 – 12:00 a. m.

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El 15 de septiembre, a las 11 de la noche de cada año, los mexicanos vuelven a asistir al Grito de independencia. No se trata de una representación en la que los habitantes se disfrazan de sus próceres que dieron “patria y libertad”, sino de un acto que recrea los hechos que ocurrieron entre el 15 y 16 de septiembre de 1810.  

A diferencia de otros países en los que la fiesta patria se conmemora y celebra con un día festivo, en México el Grito dura todo el mes de septiembre: en las esquinas hay pequeños puestos con souvenirs del tricolor nacional, coronas de flores para usar en la cabeza, banderas grandes y pequeñas, pitos, matracas, bigotes de plástico y camisetas se venden en las calles; en los edificios públicos, los balcones de las casas y las ventanas de los apartamentos ondean banderas de México, así como en los carros particulares y los buses de transporte público. El país se alista y el visitante siente que algo va a ocurrir. 

Pero el Grito no es solo una fiesta cívica nacional, es un ritual al que se asiste para ser testigo del nacimiento de la nación; no es una puesta en escena, ya que ante los ojos de los mexicanos el mito fundacional de su independencia se actualiza cuando comienzan a sonar las campanas en las plazas del país. Al igual que ocurre con la doctrina católica de la transubstanciación, en la que el pan y el vino se transforman en el cuerpo y la sangre de Cristo, en el Grito la experiencia también está mediada por un ritual que se repite año tras año, solo que, en este caso, el papel del sacerdote es asumido por el gobernante local del municipio, que a la voz de ¡Viva México!, ¡Viva México!, ¡Viva México!, enciende el sentimiento patrio de la multitud. 

El fervor con que se vive el Grito en México, a pesar de ser un acto cívico de carácter nacional, contiene en su práctica elementos sagrados. No se busca recrear un momento determinante de la historia del país, sino de renovar cada año el vínculo afectivo que se tiene con la nación. Y, al igual que ocurre con la transubstanciación, el ritual patrio está mediado por la fe y por la esperanza de sentirse orgullosamente parte de un país que vive en tensión, entre las desigualdades del sur y la amenaza, siempre latente, de la movediza frontera del norte. Quizás ahora no es la frontera la que debe moverse como en el siglo XIX, pues ahora son las personas las que transitan por ella, a través de una puerta que se abre y se cierra, dejando pasar a algunos vecinos del sur y dejando morir a otros en la soledad del desierto.  

Quizá la efervescencia del Grito se explique por esa tensión histórica que vive México; una necesidad de negarse a desaparecer ante la amenaza de convivir con Estados Unidos del otro lado. Por eso las trompetas suenan con tanta fuerza en su música, la pintura no cabe en los lienzos y necesita ser mural, y así como la vida no termina, sigue ocurriendo en el reino de los muertos. Se trata de una forma de resistir que palpita en su cultura; es el picante de sus comidas, el golpe en la garganta de sus mezcales y la constante remembranza de su pasado.  

A las 11 de la noche del 15 de septiembre un sentimiento contenido, que se parece a la alegría y al orgullo, estalla en cada plaza de México. Ante la mirada de los turistas, la explosión de júbilo se parece a una celebración deportiva; no entendemos que la independencia está ocurriendo una vez más. Por unos minutos se siente que el país nace de nuevo y con él la esperanza que todos tenemos de una segunda oportunidad. 

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