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En la frontera la noche es una sola

Arturo Charria
28 de octubre de 2020 – 10:00 p. m.

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A Felipe Muñoz

En Cúcuta comienza a oscurecer sobre las 5:30 de la tarde. En Ureña y San Antonio ocurre lo mismo, en el preciso instante, pero al otro lado de los puentes son las 6:30. En Cúcuta la noche se anticipa y en el estado Táchira los días parecen más largos que en el resto de Venezuela. Es el artificial tiempo de las fronteras, ese que no cabe en el reloj universal que marca el origen del mundo.

Cuando la noche está plena, el mismo cielo que cubre la frontera se estremece y relampaguea: es el faro del Catatumbo. Miles de rayos caen sobre el lago de Maracaibo y su luz llega hasta Cúcuta. La intensidad con que se precipitan los rayos imita la respiración de un dios nocturno que, de repente, ilumina con destellos púrpura la oscuridad más profunda.

Descifrar el origen del nombre del faro del Catatumbo es tan fascinante como observarlo. Se dice que los marineros no necesitaban instrumentos de navegación y tampoco se requería un faro que guiara a los barcos, pues bastaba la tormenta eléctrica para orientar de manera precisa su rumbo hacia los puertos.

Por su lado, la palabra Catatumbo tiene música y potencia. Al pronunciar por separado sus sílabas se revela el sonido oculto de los tambores: cada fonema retumba como los rayos en la noche. No es un accidente sonoro, es el origen ancestral de la palabra, pues Catatumbo significa en lengua Barí “la casa del trueno”.

El espectáculo nocturno se puede observar en todo el Valle de Cúcuta, que no termina en los puentes de Ureña y San Antonio, sino que se extiende geográficamente hasta el lago de Maracaibo, en el Estado Zulia. Basta con levantar la mirada y ver el mismo cielo y la misma luz silente cada noche.

Hace poco, con unos amigos subimos al Cerro Tasajero, la montaña más alta que tiene Cúcuta. Queda hacia al norte, en la vía a Puerto Santander y al Catatumbo. Desde allí observamos, la artificial frontera e intentamos trazar líneas imaginarias para dividir los dos países. Solo conseguimos ubicar algunos referentes en la inmensidad del valle: eso es Ureña, ese es el aeropuerto de San Antonio, ese es el de Cúcuta y trazamos rutas invisibles en el aire, como quien trata de inventar con palabras el mundo.

Es una paradoja lo poco que en Cúcuta observamos el cielo, quizá levantamos la mirada, pero sin buscar el verdadero paisaje: ese que ilumina con idéntica luz ambos lados de la frontera. Al subir al Cerro Tasajero o al observar la noche, uno se da cuenta que la frontera no es un borde, como a veces pensamos, sino otro centro en donde todo es posible.

Por eso se equivocan quienes piensan que lo que ocurre del otro lado de la frontera nos es indiferente, pues así como compartimos el faro del Catatumbo, también nos cubre la misma noche.

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