La bomba que no estalló en Navidad

Arturo Charria
12 de diciembre de 2019 – 12:00 a. m.

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Escuché esta historia en la carretera que conduce de Bogotá a Sumapaz. El protagonista, un guerrillero de las Farc que pertenecía a la columna móvil Teófilo Forero, había sido enviado a la capital para poner una bomba en una casa al norte de la ciudad.

La guerrilla había identificado esa casa como un punto de encuentro de paramilitares y eso bastaba para hacerla explotar. La operación debía ejecutarse a mediados de diciembre en horas de la noche, pues este era el momento en el que sus objetivos se reunían.

El miliciano llegó a Bogotá desde Huila y durante semanas estudió su objetivo. Recorrió las calles y los alrededores e hizo cálculos de la acción que tenía que ejecutar. Sin embargo, en los días previos al atentado, algo cambió. En la misma cuadra en que se encontraba su objetivo, también estaba una de las casas con mejor decoración navideña de la ciudad. Esto hizo que la tranquilidad del barrio se viera alterada por familias enteras que visitaban esa calle para ver las luces, los renos y la nieve falsa de la casa que aspiraba a ser premiada como la mejor decorada de ese año.

Esta nueva situación no solo cambió las condiciones de la operación, también transformó al miliciano. Él, que había participado en tantas operaciones y se había destacado al interior de la organización como explosivista, había decidido no poner la bomba. Comenzó a ser errático en sus comportamientos y a descuidar sus protocolos de seguridad. Fue capturado a los pocos días de la fecha en que debía realizar el atentado.

En prisión vivió un doble castigo. Al encierro se sumó el abandono de la guerrilla. Tenía miedo, estaba solo. Desde la comandancia habían prohibido que otros guerrilleros le dirigieran la palabra. Nadie podía hacerle favores, no tenía para un cigarrillo o una colchoneta. Solo recibía la visita de su abogado, único contacto que mantenía con la organización armada.

En los encuentros con su abogado siempre hacía la misma petición: “por favor, dígales que me entiendan. Yo no podía poner esa bomba. No podía hacerlo”, decía una y otra vez desesperado por su situación. Sin haber renunciado a sus ideales, se confrontaba en su ethos revolucionario por la compleja relación de fines y medios presente en toda acción violenta de carácter ideológico. “Es más difícil decir no”, se repetía el miliciano mientras enfrentaba las consecuencias de haber incumplido una orden de sus comandantes.

Su situación pasó inadvertida entre las muchas capturas que se producen en una ciudad como Bogotá. Ninguna de las personas que pasaba por esa calle, ni los que vivían en las viviendas de esa cuadra, fue consciente de que, al negarse a ejecutar la acción, ese hombre les salvó la vida.

Lo interesante de esta noticia no es “la captura del terrorista”, ni la frustración del atentado, sino la impredecible decisión del miliciano. Se trata, más bien, de comprender la ruptura que se dio en su concepción de sujeto revolucionario, de encontrar la humanidad entre los escombros de la guerra, de ver al hombre en donde otros solo ven al terrorista.  

@arturocharria

charriahernandez@hotmail.com

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