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El 23 de junio se convertirá en un día histórico para Colombia, pues cerrará una guerra que solo ha dejado muertos y profundas heridas en la sociedad.
Sin embargo, es importante reflexionar cómo esta emoción colectiva se articula con la noción de paz y convivencia que promueve el nuevo código de policía, en el que la ciudadanía se expone a posibles excesos de autoridad y al riesgo de entregar su libertad individual y su esfera privada.
En 1941 el pensador alemán Erich Fromm, escribió El miedo a la libertad, un ensayo en el que se preguntó ¿Por qué las sociedades europeas deciden rehuir a la responsabilidad de administrar su libertad y optan por regímenes que la suprimen? El escritor, de origen judío, se hacía esta pregunta desde Estados Unidos, a donde tuvo que huir para salvarse del régimen de Hitler. Sin embargo, no era la figura del dictador lo que inquietaba a Fromm, sino la forma en que “la libertad puede volverse una carga demasiado pesada para el hombre, al punto que trate de eludirla”.
De ahí que el debate por el nuevo código de policía no debe plantearse, exclusivamente, sobre el talante autoritario que tienen muchos de sus artículos, sino en cómo el grueso de la sociedad considera que el control excesivo de la fuerza pública es un indicador de bienestar y calidad de vida. En pocas palabras, cómo los colombianos preferimos que un policía entre a nuestras viviendas para “bajar el volumen de la música”, antes que autorregularnos o construir acuerdos entre vecinos.
Pero quizá la mayoría de ciudadanos no esté pensando en que la policía entrará en su casa, sino en la de otros vecinos que consideran incómodos o indeseables. Muchos colombianos en su obsesión por confundir justicia con venganza, imaginarán que con el nuevo código “¡Ahora sí les llegó la hora a los delincuentes que robaban celulares!”, ya que les cortarán las manos o someterán a tribunales de linchamiento en plazas públicas.
Detrás de esta racionalidad se oculta algo más grave que el posible exceso de autoridad por parte de la policía: el fracaso de una construcción de ciudadanía que no necesite el miedo como garantía de la convivencia. No se trata de bajar el volumen del equipo de sonido por miedo a que entre la policía, sino de regular nuestras actitudes desde la conciencia de que vivimos en comunidad.
A su vez, el nuevo código corre el riesgo de convertirse en una carga para la policía misma, porque de no dar un buen uso de estos “súper-poderes” que se le otorgarán, la institución podría resquebrajar, aún más, la imagen que tienen ante la opinión pública. La policía podría pasar de ser un garante del orden y la convivencia (desde el espíritu del nuevo código), a convertirse en una fuerza que represente la coerción, el miedo y la inseguridad.
Al delegar la totalidad de los asuntos de convivencia a un tema policial, estamos impidiendo que los ciudadanos comprendamos el sentido de vivir en comunidad. El nuevo código no promueve la resolución de conflictos como mecanismo para construir acuerdos entre la ciudadanía, sino que oculta los problemas que originan situaciones violentas.
En este orden, ocultamos los problemas que generan los conflictos, reducimos todo al volumen del equipo de sonido o al consumo de alcohol en el espacio público, cuando de lo que se trata es de saber administrar nuestra libertad sin que el gusto de unos por la música o por el alcohol, interfiera en la vida y en la tranquilidad de los demás.
No sabemos qué tanto quede del nuevo código de policía, pues aún falta la revisión de la Corte Constitucional y muchos expertos en la materia aseguran que se “caerá”, por problemas tanto de forma como de fondo. Sin embargo, la reflexión debe ir más allá, debe darse desde la esfera de la libertad individual y la capacidad que tenemos como sociedad de tramitar nuestros conflictos. Por eso no es menor la tensión que se da en la actual coyuntura, en la que firmamos la paz y cerramos la posibilidad de resolver nuestros conflictos ciudadanos más allá de la amenaza del “bolillo”.
Así, tal como quedó planteado el nuevo código de policía, este no promueve la vida en sociedad, sino la limitación de la vida social de los individuos. El exceso de control de este código terminará por regular la esfera pública y privada de los ciudadanos, al punto que promoverá la clandestinidad como único espacio en que podamos ejercer esa libertad a la que tanto le tememos.