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Un grupo de estudiantes de una universidad privada se pone de acuerdo para robar una librería en Bogotá. El crimen se ejecuta inspirado en películas de cine negro y en las fotocopias de una clase llamada “Historia de la insurgencia en América Latina”. El “móvil” del robo no es claro: el tedio, el precio de los libros, el tiempo libre, la necesidad de destrucción o el desamor. Cada personaje anda por la vida como si ellos no estuvieran presentes y la inercia los lleva de una clase a otra, de un bar a otro y buscan agarrarse de cualquier motivo para dar sentido a sus días. Ahí aparece la idea de robar la librería y nace la Operación Benjamin, título de la novela de Carlos Hernández. Al principio es un tema de conversación que entretiene a los protagonistas una noche en el bar y luego se convierte en el plan con que tratan de sobrevivir al abismo de su monotonía.
Iván es quien lidera inicialmente la “operación”. Es él quien llega con la idea de robar la librería un día en que descubre que le han cortado la luz, pues olvidó pagar el recibo, pero les dice a sus compañeros que tuvo que escoger entre comprar un libro de Walter Benjamin o pagar la luz. La noche anterior, en la oscuridad de su apartamento y de su amargura, piensa en lo sucedido y comprende, para sí mismo, que hay dos tipos de tinieblas: la que produce la falta de electricidad y la que genera la ignorancia. Lee el libro que compró con la luz del celular y con una linterna, recuerda un poema de San Juan de la Cruz del que habían hablado en clase. Trata de trascender el abandono material de hombre sin electricidad pero iluminado, y recita de memoria los versos del poeta español: “En la noche dichosa, / en secreto, que nadie me veía, / ni yo miraba cosa, sin otra luz y guía / sino la que en el corazón ardía”.
Esa noche que para Iván resulta larga y amarga, lee de manera desordenada el libro de Benjamin y se concentra en algunas páginas del capítulo “Poesía y capitalismo”, en las que el filósofo alemán estudia la transformación de París a mediados del siglo XIX y la forma en que el poeta maldito, Charles Baudelaire, deja testimonio de estas transformaciones en sus poemas. Se levanta y busca su edición de Las flores del mal, la mira con desprecio: la considera barata y fea, no sabe francés pero asume que está mal traducida y que le gustaría tener una más completa; quizá una edición crítica de Cátedra o Hyperion. La deja de lado después de buscar un par de poemas. Piensa en la cantidad de malas ediciones que tiene en su biblioteca y el daño que estas le pueden haber causado en su formación, como si se tratara de comida rancia o vencida. Siente un mal sabor en su boca y al tragar la saliva una acidez acumulada le corta la garganta.
Iván se demora en dormir, se queda mirando un punto que se ilumina en la soledad de su pared y trata de poner en orden sus pensamientos, como si estuviera llenando estantes de una biblioteca imaginaria. Los clasifica temáticamente. Uno se destaca y lo toma como idea para dormir. Se trata del robo de una librería, una de cadena, esas que parecen no tener un dueño al que en realidad le interesen los libros. A punto de dormirse, piensa que no se trata de un robo, sino de un acto de justicia. Al igual que los suicidas que sueñan con su propio entierro y con lo que dicen las personas que asisten a éste, Iván construye en la profundidad de su duermevela titulares de prensa y cree que uno muy elegante debería decir: “Un robo ilustrado”.