Roma o las violencias silenciosas

Arturo Charria
20 de diciembre de 2018 – 02:00 a. m.

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Roma, la reciente película de Alfonso Cuarón, es una bella y dolorosa reflexión sobre el silencio que acompaña múltiples violencias. Todo transcurre en una casa de clase media alta de Ciudad de México: un barrio de calles amplias, casas grandes y portones de hierro forjado, esos barrios por los que la gente camina despacio, como queriendo entrar con la mirada. En Roma entramos en una de esas casas y, más que espectadores, somos observadores de la intimidad de muchas vidas que se desmoronan ante nuestros ojos.

En Roma las violencias no son explícitas, se sugieren y recaen principalmente sobre el cuerpo y la vida de mujeres. Las situaciones parecen inevitables y las mujeres las llevan consigo, como si se tratara de una lluvia de la que no se pueden resguardar. Así transcurre la vida de Cleo y Sofía, ambas son abandonadas y en ocasiones sus vidas se cruzan: “Estamos solas. No importa lo que te digan, siempre estamos solas”, le dice Sofía a Cleo, una indígena mixteca que cuida a sus tres hijos y es una de las dos empleadas de la casa.

Esa aparente cercanía entre Sofía y Cleo es uno de los elementos centrales de la película, pues la tensión entre afecto y servidumbre siempre está presente entre ellas. Sofía exterioriza su dolor, Cleo lo lleva por dentro, le cuesta hablar, como si no tuviera derecho a sentir o las palabras en español no fueran de ella por ser un idioma ajeno. Ese silencio profundiza el drama de Cleo, pues muestra la efectividad de una violencia naturalizada por ella y por la sociedad. El afecto entre ellas es confuso, porque parte del trabajo de Cleo es escuchar a Sofía, quien debe tratar de mostrar la estabilidad de un hogar que hacia dentro se derrumba.

Al interior del portón de hierro forjado todo se descompone: el carro, las paredes del parqueadero, los vidrios que se rompen o los muebles que se lleva el marido muestran esa lenta decadencia que acompaña a las mujeres de la casa. Mientras, afuera la ciudad se agita con otro ritmo y otras violencias. Entre las conversaciones de los personajes se filtra el problema de la tierra: en una disputa entre campesinos y terratenientes, el perro del “patrón” es envenenado y un joven campesino es asesinado. Con una naturalidad que estremece, la tía le cuenta a Cleo, en nahuatl, que su madre perdió su tierra, mientras ella sigue cocinando para la familia de la casa.

Cuarón decide ambientar la película entre 1970 y 1971. Recrea la masacre del Corpus Christi, en la que un grupo paramilitar conocido como Los Halcones asesina a decenas de estudiantes durante una manifestación. Cuarón evita enmarcar la película en la masacre de Tlatelolco (1968), pues de haberlo hecho la historia hubiera sido absorbida por el peso que tiene este acontecimiento en la memoria de los mexicanos. Al narrar esta masacre, ocurrida casi tres años después, el director hace evidente cómo la represión se mantuvo y fue sistemática, además de mostrar el apoyo y la complicidad estatal que tenían estas organizaciones.

Las violencias en Roma son sutiles y nos permiten reconstruir la biografía de una familia y de una calle que, sin darnos cuenta, se van convirtiendo en el país entero. Los contrastes son como el blanco y negro de la película. Sin embargo, el éxito de la película no está en la monocromía de la cámara, sino en los matices que logra, como esa bella escena de los niños que juegan a ser astronautas, uno con adornos perfectos, otro con un balde en la cabeza: ambos se divierten, ambos sufren bajo el casco, aunque no podamos ver sus rostros.

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