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Un año de conmemoraciones

Arturo Charria
03 de febrero de 2016 – 09:00 p. m.

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La dimensión de nuestra guerra ha convertido nuestro calendario en un cementerio. Basta con tomar un libro de historia de Colombia para ir llenando la cuadrícula de los meses con cruces negras, como si se trataran de los nichos fúnebres de un camposanto.

Tal dimensión de nuestra historia nos impide conmemorar cada año esos acontecimientos que juramos no olvidar como sociedad. De ahí que tenemos que esperar a que la cifra sea cerrada –que termine en múltiplo de cinco– para volver sobre ese hecho como si el tiempo jamás hubiera pasado. Entonces volvemos a hacernos las mismas preguntas de siempre: ¿Por qué lo mataron? ¿Quién lo mató? ¿Cómo pudimos olvidarlo?

Este año no es la excepción, la cantidad de cifras cerradas apenas si dará tiempo a los noticieros para cubrir los hechos de nuestra realidad inmediata: 25 años del asesinato del exministro de Justicia, Enrique Low Murtra; 30 años de los primeros magnicidios contra congresistas de la Unión Patriótica –en 1986 fueron asesinados Leonardo Posada, Octavio Vargas y Pedro Nel Jiménez–; 30 años del asesinato del Director de El Espectador, Guillermo Cano Isaza.

Pero todas estas fechas, importantes en sí mismas, serán desdibujadas por la conmemoración de los cincuenta años de la muerte en combate de Camilo Torres, no solo por la cifra tan redonda, sino por la complejidad del personaje y el momento histórico que vive el país. Durante años, su rostro y su legado han sido monopolizados por el ELN; en su nombre se han cometido todo tipo de crímenes. Quizá por eso distintos sectores sociales se han dado a la tarea de rescatar esos otros Camilos, los que han sido opacados por la imagen del cura guerrillero.

No se trata de negar el espíritu rebelde y de constante indignación que siempre caracterizó el pensamiento de Camilo Torres, sino de buscar ese espíritu más allá de la estampa de sus últimos meses, donde prisionero de su tiempo y motivado por el voluntarismo que generó en toda una generación la Revolución Cubana, terminó ingresando a la guerrilla y muriendo en su primer enfrentamiento.

El resultado de esta búsqueda es alentador, pues Camilo intervino en todos los espacios posibles de la vida política del país: fue cofundador, junto a Orlando Fals Borda, de la Facultad de Sociología de la Universidad Nacional de Colombia; protagonizó un intenso debate epistolar con el Cardenal Luis Concha sobre la doctrina y la coherencia de la Iglesia Católica; entendió el problema de los campesinos y de la tierra trabajando por la reforma agraria en los primeros años del INCORA; intentó organizar a distintos sectores sociales bajo el paraguas del movimiento político del Frente Unido, nombre que también tuvo el periódico que dirigió por unos meses y desde el que lanzó sus famosas proclamas a estudiantes, campesinos, católicos, comunistas, liberales y trabajadores.

En los últimos años, un sector de la Iglesia Católica, liderado por el arzobispo de Cali, monseñor Darío de Jesús Monsalve, ha planteado la necesidad de rescatar el pensamiento cristiano de Camilo, encontrando puentes entre su discurso y el del Papa Francisco. Monseñor Monsalve, antes del oportunismo reciente del ELN, le propuso al Gobierno de Santos recuperar el cuerpo ausente de Camilo, para darle “cristiana y sacerdotal sepultura”.

De igual manera, la Universidad Nacional ha buscado rescatar al Camilo intelectual, aquel del que se decía que era capaz de irse a la fila de inscripciones de la facultad de Economía y convencer a los estudiantes para que entraran a estudiar Sociología. Por eso la Universidad ha decidido conmemorar los cincuenta años de su muerte con una semana de conferencias y la creación del Centro de Pensamiento Camilo Torres.

Entre la iglesia y la academia, debe surgir un espacio de reflexión sobre el sacrificio estéril, no solo de Camilo Torres, sino de tantos hombres y mujeres que se lanzaron a la guerra convencidos de la necesidad histórica de cambiar el mundo. Muchos murieron y no lograron el anhelado cambio. De ahí que sea necesario pedir el cuerpo de Camilo, no al ejército, como lo reclama el ELN, sino quitárselo precisamente a esa guerrilla, para que su imagen no continúe siendo reducida a la estampa del guerrillero.
 

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