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El humor de El Águila Descalza hace reír antes de comenzar la risa. Su teatro cuenta historias pero estas son apenas marco para las ocurrencias con que se identifica el público.
La temática es subalterna de la manera como se interpreta la acción. En los primeros cinco minutos Carlos Mario Aguirre se echa al bolsillo a unos espectadores que en las sucesivas dos horas pondrán el cerebro en modo carcajada.
Cristina Toro, desde un decoro entre colegiala y mujer implacable, instala el polo a tierra. De ella parte y a ella regresa el huracán Aguirre que no para de agitarse dentro y más allá del escenario. Son astro y satélite.
El sol Cristina apacigua los estallidos del planeta Carlos Mario, quien de otro modo acabaría con su cuerpo, con el tablado, con todos los dioses. Se necesitan, son complemento. Una es águila; otro, zarpas descalzas. Al unísono anidan, luego se remontan.
Sus obras tratan de tango, fútbol, indigentes, clínicas, madres, deudas, trago, sexo, paisas. Es decir, de la cotidianidad de cualquier persona. No de héroes ni reyes ni generales ni prohombres. En su mito caben todos los asistentes al teatro.
Por eso estos se reconocen en el lenguaje, gestos, peripecias, picardías. Se anticipan al libreto, predicen las canciones, adivinan los piropos. Ante ellos se despliega la gris vida, transformada en ablución hilarante que los reconcilia con el naufragio de ser de clase media.
Es difícil sostener a 500 o mil personas en el tono mayor del jolgorio durante los largos trechos nocturnos de las piezas. Los actores de El Águila llevan 35 años lidiando con la atención de la gente, y son zorros.
Conocen al minuto las técnicas del ritmo y las aplican con la velocidad que da la intuición. Cambios instantáneos de tema, personajes, gravedad de la voz, contorsiones corporales, luces: la parafernalia del juglar a beneficio del arte.
El más reciente montaje, “La puntica no más”, los tiene en Bogotá todo mayo. El título no deja lugar a dudas. Es el sexo, tratado en sus infinitos sentidos, dobles, triples.
Les fue dictado, no por el ángel de la guarda, sino por el diablo de la guarda. Este doble antiqueño de Mefistófeles es responsable del disparate. Nadie mejor que él podría deslizarse entre las sábanas —de algodón o deseo— de los colombianos para nombrar lo innombrable. Y al nombrarlo, crearlo.
Para acudir a tan vituperado consejero, El Águila destapa un secreto. Está de por medio una contraparte, el ángel de la guarda. Es imperioso deshacerse de su prédica beata. Pues bien, echando mano de un procedimiento policíaco, el libreto despacha el inconveniente.
Al cabo, una cosa sorprende: el lenguaje de la lujuria ha cambiado. Palabras que antes eran escándalo, hoy entran al oído público con naturalidad. Tal vez las conquistas de las mujeres y los homosexuales, el aborto, los derechos de las trabajadoras sexuales, hayan vuelto moneda corriente el anatema.
O tal vez la obra concupiscente se sostiene ya que, al fin y al cabo, se trata de la puntica no más.
arturoguerreror@gmail.com