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El ajedrez herético de Savdié

Arturo Guerrero
09 de junio de 2016 – 09:23 p. m.

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Desde su invención en el improbable siglo V antes de nuestra era en India, el ajedrez ha sufrido constantes cambios. Egipcios, babilonios, persas, romanos, árabes, europeos, metieron mano en su conformación.

Parece que su modificación definitiva tuvo lugar en el XV, a comienzos del Renacimiento. Solo en el XIX se volvió el juego de mesa más popular del planeta. A causa de esta historia enrevesada, sobre su origen se tiende un velo de misterio.

Tampoco hay acuerdo sobre su naturaleza: ¿juego, ciencia, deporte, táctica de guerra? Rompe cerebros, agota nervios, encalambra piernas y columna vertebral. Pero una vez abordado, nadie lo abandona. El ajedrez es un reto más allá del hombre.

En esta trayectoria milenaria faltaba la contribución colombiana. Los habitantes de este país alienado hemos aportado al mundo elementos inútiles que a la larga explican el empuje humano: quina, coca, yagé, café, esmeraldas, mariposas, páramos. Hemos trabado al planeta.

Pues bien, durante todo junio está exhibida en la galería bogotana Montealegre la exposición “Esto no es un juego”, en la que la escritora y artista visual Mónica Savdié enloquece el ajedrez. Desde hace medio milenio nadie había perturbado tanto la memoria solemne de este juego de reyes.

Tenía que venir del arte tal osadía. Y de un país como el nuestro, fecundo en motivos de llanto y rabia.

El nombre de la exposición anuncia el revolcón. Es la pipa de Magritte que niega ser ella misma. Este juego de Savdié –su nombre artístico— tampoco se deja clasificar como entretenimiento a secas.

Es que ningún Capablanca, Alekhine, Spassky, Fischer, Karpov ni Kasparov podrían jugar sobre estos tableros desestructurados ni con estas piezas alteradas en tamaño, número, color y posición.

Este es un ajedrez herético que, no obstante, guarda filosa fidelidad con su lógica de siglos, para clamar por el siniestro país y mundo en que vivimos.

Como si se tratara de una partida colectiva, el espectador desfila en asombros frente a los sucesivos tableros que lo llaman a la comprensión. Porque cada uno tiene un nombre que invita a escudriñar el hecho plástico: literatura y arte visual, los dos talentos de Savdié.

En un segundo acercamiento, el visitante recibe una recompensa de inteligencia. Qué ingenio, cómo no lo descubrí antes.

Cuando cree estar apaciguado, comienza el tercer round. Las piezas, que conservan el rigor reglamentario de su movimiento, completan mentalmente historias de acorralamiento, liberación, acecho.

Los 64 escaques se multiplican como el regalo de granos de arroz de aquel súbdito que pidió al soberano duplicar su cantidad con cada uno, y terminó arruinando el reino. Los cuadros se resquebrajan, se distienden, sacan de sus entrañas virtualidades inéditas.

¿Quiere usted ver cómo Tupac Amaru se libera de los cuatro caballos que lo descuartizan y sube a un cielo babilonio? Observe que el adalid inca se ubica en las intersecciones prohibidas del tablero.

El ajedrez de Savdié no es un juego, es una feliz herejía.

arturoguerreror@gmail.com

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