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Quien tenga a su favor a las mujeres cambiará el país en 2022. Sea ella o él, ha de saber que las mujeres son hoy la otra mitad del medio ambiente. Claro que siempre lo han sido, pero los masculinos de la primera mitad son tan torpes que se creyeron superiores por tener músculos.
Graham Green escribió una novela con un título inquietante, El factor humano. En ella un hombre de intriga se vuelve desertor de su causa de hierro, sencillamente a causa del amor de una mujer del bando contrario. No le valió su compromiso político ni lo arredró el miedo a las retaliaciones de sus copartidarios.
En este momento de la civilización occidental es preciso hablar de “el factor fémina”. El postergado poder de las mujeres se acaba de encrespar en oleadas imprevisibles. La rabia tragada con saliva desde el mito de Eva se trasladó a las calles donde ellas actúan performances francas e inapelables.
Son muchachas, atletas de entre 30 y 40 años, científicas curtidas en laboratorios extranjeros, poetas de palabras urticantes. Sus razones son irreductibles, ni se compran ni se venden. No porque acudan al cariño verdadero, al fin y al cabo siempre han ejercido de amantes, madres, enfermeras.
Ahora claman con entero conocimiento de su causa. Enarbolan cifras de feminicidios, calculan los menores pesos que ganan con igual trabajo que el de los hombres, hacen la contabilidad de su triple o cuádruple función gratuita como esposas, administradoras de la empresa hogareña, responsables de la crianza, cuidadoras de los viejos.
Nadie se explica cómo no han reventado. Sobre sus hombros recae el apuntalamiento del mundo, mientras sus parejas se pierden en el alcohol, las aventuras, la noche maleva. En la calle, en el bus, al pasar por las obras en construcción, les llueven las miradas, los tocamientos, los piropos dirigidos a sus cuerpos de plástico.
Han dicho basta ya y van para adelante. Es fácil adivinar que los viejos zorros de la política, en todas las gamas y colores, la llevan perdida con estas féminas insurgentes. Han de estar temblando, ignoran cómo contrarrestar el alud femenino que barrerá sus milenarias trapisondas.
Por eso ellas salvarán al país en 2022. No se sabe cómo inventarán nuevas maneras de ser hombre. García Márquez predijo al comenzar el milenio su supremacía. Dijo que el mundo sería comandado por mujeres o no sería. En ese momento el feminismo era un lamento aburrido, hoy es la sustancia de las niñas desde que nacen.
La política, entonces, cambiará de piel y de entrañas. Dejará de ser la pugna masculina por el ego, la plata y los contratos, y será un realineamiento de poderes como no se veía desde las eras míticas del matriarcado.
Este globo en que todos nos sobresaltamos entrará a ser guiado por la lógica tajante e insobornable de las mujeres, al cabo llenas de un poder que los hombres les han negado por miedo. Afortunados los sobrevivientes que alcancen a probar este modelo de humanidad que todavía no figura en los libros ni en las canciones.