Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Es legal pero es indignante, repugnante. Así califican informadores y comentaristas la apertura de empresas ficticias o de papel en paraísos fiscales. Lo cual significa que la ley se ha acomodado al servicio de la avaricia. El ‘Homo sapiens’ ha dado lugar al ‘Homo avidus’.
Dejada atrás la plaga de las guerras –con excepciones que confirman-, la humanidad se revuelca sobre la peste de la corrupción. Colombia, con su paz naciente, es brillante botón de muestra. </pLos Papeles de Panamá abrieron el espectro hasta mostrar que la epidemia es pandemia. Los ricos en todo el orbe guardan, guardan… esconden sus billones anónimos, para perpetrar anochecidas inversiones con antifaz y apartar sus bolsillos de la caja común de los impuestos.
La batería de los preceptos está adecuada en justicia para santificar las fechorías de los señores. La ley es sierva del capital y de su lógica de incremento sin tregua.
No es extraño que la mayoría de estos empresarios fantasmas estén ligados al poder público. Mientras millones de ciudadanos mantienen a flote las finanzas de las naciones, gracias a las goteantes minucias tributadas, los tiburones engullen el bocado grueso y se fugan a bostezar en playas libérrimas.
En vista de que las leyes los resguardan, pueden dar vacaciones a un órgano para ellos obsoleto: la conciencia. Un aforismo del escritor Mauricio Botero Montoya los sindica: “el político solo menciona la conciencia para decir que la tiene limpia”.
En el lenguaje coloquial, cuando alguien ejecuta un acto legal pero indecente, se dice de él que “no tiene presentación”. Pues bien, eso que no tiene presentación es algo hecho por quien carece de conciencia.
Y la avaricia carece de conciencia. El hombre ávido es un hombre sin atributos suficientes para advertir que cualquier billete que le sobre, después de satisfacer con generosidad sus necesidades y las de su familia, pertenece a la masa de personas que no comen.
La conciencia, en efecto, es la facultad de ponerse en contexto. Un ser humano aislado, de sí mismo y de la sociedad, es un paupérrimo ser humano. Por eso son más ricos los pobres —siempre en montón, siempre solidarios—, que los ricos en sus jaulas de oro. Pero los pobres necesitan comer.
El ‘Homo avidus’ es corrupto, no porque viole la ley, sino porque apagó la conciencia sobre los vasos comunicantes existentes entre las fortunas de pocos y la miseria de muchos.
En jugosa entrevista para su blog somossentipensantes, la periodista Gloria Ortega arrancó la siguiente sentencia de Juan Carlos Henao, expresidente de la Corte Constitucional y rector del Externado: “la corrupción tiene que ver con la concepción del mundo que se tenga y la necesidad de seguridades que se imponen hoy en la sociedad”.
Tal cual: para el hombre codicioso, el mundo es un costal de monedas de las que se apoderan quienes aprovechan la oportunidad. Y estas monedas son la fuente de la verdadera seguridad. Concepción legal, pero indigna y repugnante.
arturoguerreror@gmail.com