Farc, la estatura de su marcha final

Arturo Guerrero
02 de febrero de 2017 – 10:32 p. m.

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La importancia de la última marcha de las Farc hacia las zonas veredales de concentración va mucho más allá de ser la desaparición de un actor armado.

No es cualquier grupo en armas el que da el paso final antes de su reinserción.

Es erróneo relacionar este gesto con la persistencia de bandas criminales o de narcotraficantes. Como si se pusieran en un plato de la balanza estos tres factores de violencia y se dijera «bueno, uno menos. Quedan los otros dos». De ninguna manera. Es imposible mezclar peras y manzanas.

La desmovilización de la guerrilla más numerosa es un salto de la tierra a la luna. No es una simple reducción de rebeldes que entregan armas. No es el mero fruto de ejercicios militares. No es la neta consecuencia de cálculos políticos.

Es, más bien, un brinco en la concepción general de la sociedad, la estocada final a un modo perverso de pensar la administración de los asuntos públicos. Es una reprogramación cerebral dirigida a las últimas tres generaciones de colombianos. A las generaciones idealistas, altruistas, arrojadas, desinteresadas.

En efecto, esta guerrilla comenzó como autodefensa de campesinos acorralados. Se sumaron luego estudiantes, sindicalistas y políticos que la dotaron de una doctrina internacional nacida a mediados del XIX, el marxismo.

Esta teoría acertó en la crítica de la economía imperante. Fracasó en dos cosas: el desprecio por los individuos y la exaltación de la guerra como partera de la historia.

La incorporación del fusil en tanto fuente del poder, trajo consigo alianzas con otros órdenes que buscaban el mismo poder y similares riquezas económicas. Cuando manda la fuerza, y no la inteligencia ni la generosidad, los más brutales tienden a aprovechar en su interés privado las causas más nobles.

Eso sucedió con la guerrilla criolla. Se degradó, es decir bajó del grado alto al más bajo en sus originales propósitos y métodos. Se mantuvo, empantanada en anacronismo y dogma, merced a recaudos de dineros ardientes y a coacciones contra la población.

Fracasó en sus ganas de destruir y tomarse el Estado. También en su ligazón con el país de a pie. En el penúltimo estadio de su declive, entró en sensatez, replanteó la violencia como camino, se acogió a las conductas de la Constitución, viajó en pangas, buses y camiones a construir su acomodamiento temporal.

Esos muchachos de boina roja ladeada, esas camaradas de pelo largo recogido bajo la gorra camuflada, viajan con su fusil terciado en procesión obediente y silenciosa. Meditabundos, le dan sepultura no solo al arma sino al procedimiento de vida con que hasta hoy se jugaban vida y muerte.

El cortejo uniformado se dirige a un funeral que todavía el país no aprecia en su gravedad. Entierran la utilización de la violencia en la política. Les sellan la boca a quienes justificaban bombas, homicidio y destrucción como regla para cambiar una sociedad. No más guerra justa, no más guerra santa.

sta es la estatura de la última marcha de las Farc. No se acaba cualquier grupo armado, se acaba la idea misma de que existan.

arturoguerreror@gmail.com

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