Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Un siringueiro que recoge leche de árboles de caucho a orillas del río Yavarí en el Amazonas peruano se queja de no tener quién le cocine. Una tarde encuentra servida su mesa por alguien que le dejó escrito este mensaje: “Los hombres no saben lo que los árboles sabemos”.
Entre miedoso y curioso, espía hasta descubrir a una jovencita rubia, bonita, vestida de corteza de árbol. Es la cocinera secreta, que sale de los troncos y atraviesa paredes como si fueran de aire.
La muchacha es humana y arbórea, comparte las dos naturalezas y le habla al hombre en los sueños. Con silbidos atrae pájaros que al batir las alas avivan el fogón. Sabe cosas que este ignora. Las sabe porque es árbol.
El cauchero, un colono, se deja llevar por el fisgoneo, pretende develar el misterio de la bella ayudante y ubicarla en su cabeza donde no le sea incómoda a su lógica de buscador de caucho, oro, o de simple vendedor de sombreros, oficio al que al final se resigna.
Esta historia, que proviene de la mitología de la mayor selva del mundo, aprieta en dos páginas la cosmovisión entregada por el libro “Cuentos Amazónicos”, del poeta caqueteño Juan Carlos Galeano (1958), lanzado esta semana en Bogotá por Ícono Editorial.
Son 43 relatos cortos que permiten “leer y soñar al mismo tiempo”, según expresa en la introducción Michael Uzendoski, investigador norteamericano sobre la misma región y colega de Galeano quien vive en el país del norte desde hace más de tres décadas.
Buena parte las ha dedicado a recorrer siete países de la cuenca amazónica, Brasil, Perú, Ecuador, Bolivia, Colombia, Venezuela, Guyana. Con residencia en Tallahassee y una sede alterna en Iquitos, el escritor adelanta trabajos para la Florida State University.
El resultado es un asombro. Hombres, animales, ríos, plantas, seres visibles e invisibles, todos los seres vivos, tienen espiritualidad y comparten una profunda humanidad común. Adiós al antropocentrismo, el hombre abdica de su título de rey de la creación.
La habilidad para aprehender esta interconectividad cósmica, esta ausencia de línea divisoria entre seres inteligentes y demás criaturas, fue moneda común en épocas cuando existía reciprocidad perceptiva entre las especies, es decir capacidad cognitiva para captar el entorno múltiple.
Los cuentos, que parecen escritos a la orilla de los miles de ríos amazónicos, narran sin escandalizarse romances proteicos de delfines rosados con esposas de pescadores seducidas hacia ciudades encantadas bajo las aguas.
Estremecen con aparición de boas monumentales que engullen islas pero también pueden ser barcos de vapor cargados de ricas maderas. Ponen alerta sobre el sentido complejo de los cantos de aves, interpretados por chamanes y brujos.
Son la visión mítica de los indios que, en lugar de haber sido borrada por el progreso, cala las mentes de colonos y mestizos, los aconducta con el alcohol, la cacería inmoderada y la tala arrasadora.
Estos cuentos son lo que los árboles sabemos y los hombres ignoran.
arturoguerreror@gmail.com