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Los hombres imperiales

Arturo Guerrero
27 de junio de 2025 – 12:05 a. m.
This combination of pictures created on June 21, 2025 shows Israeli Prime Minister Benjamin Netanyahu (L) looks in Washington, DC, on April 7, 2025, a handout picture released by the official website of Iran's Supreme leader Ayatollah Ali Khamenei (C) in Tehran on March 20, 2025, and US President Donald Trump (R) in Washington, DC, on April 7, 2025. President Donald Trump said June 21, 2025 the US military has carried out a "very successful attack" on three Iranian nuclear sites, including the crucial underground uranium enrichment facility at Fordo. Trump said a "full payload of BOMBS" was dropped on Fordo, in a surprise announcement that came just two days after he had apparently opened a two-week window for diplomacy (Photo by SAUL LOEB / various sources / AFP) / RESTRICTED TO EDITORIAL USE - MANDATORY CREDIT "AFP PHOTO / IRANIAN SUPREME LEADER'S WEBSITE" - NO MARKETING NO ADVERTISING CAMPAIGNS - DISTRIBUTED AS A SERVICE TO CLIENTS
“El pobre mundo en manos de media docena de estos hombres imperiales marcha hacia su destrucción nuclear”: Arturo Guerrero
Foto: AFP - SAUL LOEB –

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Los hombres imperiales sacrifican sus imperios y ponen en riesgo el planeta entero. Sus países son sus golosinas y, como los niños, no pueden vivir sin ellas. Se rodean de áulicos que a diario les entonan canciones de autocomplacencia. Sucede que estos imperiales únicamente ven en los espejos sus caras recién maquilladas.

De ahí que su visión del mundo no sea ni siquiera de entre casa, sino de entre cuarto de baño. Cuando asisten a reuniones no respiran el aire de los árboles sino el incienso interminable asperjado por turiferarios, expertos en los goces egoístas de todos los sentidos.

En primer término, los hombres imperiales se creen su propio cuento. Cómo se les nota que de niños sufrieron la falta de una mano maternal que los dejó en estado de perpetua hambre y sed del único reconocimiento esencial, el del amor. Por eso buscan con desespero amores interesados, cortesanos que durante las 24 horas les digan que si ellos faltan se apagarán los días.

Les encantan las pantallas de televisión, no para ver el mundo sino para verse a sí mismos siempre flanqueados por sus banderas de conquista. Mueren por los aplausos y desarrollan habilidades para hacerlos estallar abajo de los balcones y en las plazas públicas. Mantienen, eso sí, un pequeño ejército de ciudadanos entrenados en la sonora alabanza pública.

Han sabido construir, paso a paso, esa figura que provoca aclamación e incluso histeria colectiva. Se maquillan, se peluquean para aparecer siempre con un corte milimétricamente asistido. Son, maniquís sin muerte posible, por lo tanto sin vida. Eso sí, se sienten inmortales, planifican sus imágenes para los siguientes siglos. Sería ingrato privar a las generaciones posteriores de su estampa mandataria.

Los hombres imperiales construyen poco a poco una visión de sí mismos como seres imprescindibles y señalados por el destino. En pocos años llegan a la conclusión de su primacía entre los hijos de los hombres. Ni los errores ni la debilidad figuran en su proyecto de existencia. Los demás ciudadanos son sus elocuentes admiradores o sus ingratos enemigos.

Se convencen de un designio elevado del que pocos seres humanos han disfrutado. Ellos son los señalados para conducir muchedumbres y para que a su paso se inclinen todas las rodillas. Perciben que cada día aumenta su irresistible carisma personal. No tienen amigos sino fichas intercambiables. No logran formar a su alrededor equipos de colaboradores porque solo toleran repetidores de su augusta sabiduría.

Ignoran el peligro que llegan a ser, con el obviamente limitado poder que han logrado en sus vidas segregadas. Con facilidad recurren al argumento de las armas, de los ejércitos, y levantan conflagraciones que en poco tiempo se vuelven catástrofes planetarias. El pobre mundo en manos de media docena de estos hombres imperiales marcha hacia su destrucción nuclear. Antes de terminar en átomos volando, como cantan los himnos, es preciso que los países reflexionen sobre la clase de locos que han elegido para gobernarlos.

arturoguerreror@gmail.com

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