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Los signos están servidos

Arturo Guerrero
11 de febrero de 2016 – 09:51 p. m.

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Superados los licores del carnaval, rueda con potencia el país hacia las estaciones de la Semana Santa. Vendrán con festival de teatro y, por encima de todo, con firma de final de guerra.

En la mitad, el día bisiesto, jornada colgada con dificultad de la cornisa de un lunes desde la que aúllan los arúspices de la suerte. Aúllan también los monos de fuego de las muchedumbres chinas, con sus morisquetas de parientes no del todo resueltos.

Otro lunes imposible será el de la misma semana mayor, que resultó festivo gracias a las matemáticas del ocio trasladado. De modo que en lugar de mayor, en realidad será menor: de solo dos días hábiles.

La paz se salvó por una nariz, pues su firma está fechada exactamente para el segundo de estos dos únicos días hábiles, el miércoles santo.

Era forzoso que la tradición bendita de nuestras guerras terminara en estas fechas de letanías, inciensos y penitencias. Los mismos sacerdotes que por siglos incitaron a aniquilar adversarios, tendrán que cambiar el puñal de sus sermones porque la “tanta sangre vista” de Rafael Baena no la absuelven ni dios ni el diablo.

Lo habrá sabido el prelado Vicente Arbeláez, quien durante las guerras civiles de la segunda mitad del XIX fue campeón de ideas retrógradas frente al Estado y a los partidos secularizantes.

En el parque posterior a la basílica de Lourdes, que fundó en Chapinero, hay un blanco busto suyo, enteramente rayado de signos negros. Pero fíjense en sus ojos: más se demoran los párrocos en lavar el monumento, que los grafiteros en volver a inyectarlos de rojo que chorrea.

A esta terca memoria callejera poco le interesan consideraciones como la del reconocido historiador Fernán González, quien cataloga a Arbeláez como “conciliador y mediador”.

Figuras purpuradas como la suya contaminan de Medioevo nuestra historia en las mentes del presente. Y estas mentes aprendieron a intuir que en asuntos sobrenaturales cada paso hacia delante o atrás se mide en siglos.

Si alguien aún titubea sobre la precisión del álgebra de estos días, basta que considere el peso de otro lunes, el próximo: 15 de febrero, cincuentenario de la muerte martirizada a tiros del cura guerrillero Camilo Torres.

Su última foto, ya cadáver, con barba de Che Guevara, pelo grumoso de sangre, sudor y lágrimas sobre una manta cruzada entre cuatro varas, ojos marchitos, fue designada por el insuperable biógrafo Joe Broderick como ¨la imagen de Jesús crucificado¨.

No podría haberse presentado otra coyuntura más significativa para nuestras calendas de paz. Hay cruz, hay mártir, hay insurrectos, hay carnaval de víctimas, hay teatro americano e ibérico, hay año más largo, hay tiempo de procesiones y arrepentimiento, hay armisticio.

Íntegros los símbolos están servidos. En vista de que somos animales de metáforas, miedos, supersticiones y anhelos, se puede concluir que el paso notable del 23 de marzo está maduro, como si hubiera sido escrito en piedra desde los tiempos del ruido.

arturoguerreror@gmail.com

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