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La victoria tiende a la arrogancia. Supone que los derrotados dejan de existir, no cuentan. Los victoriosos en cualquier campo acostumbran pasarse de inmediato al campo de Marte, a la guerra.
En efecto, en la guerra el objetivo es aniquilar al enemigo. Una vez ganada la guerra, al enemigo se le humilla, se violan sus mujeres, se confiscan sus tierras y se les riega sal encima. Se toma vino en el cráneo de sus capitanes o se juega fútbol con estas esferas dentadas.
La victoria, así, es insolente, no mide proporciones, se estima eterna. En contraste, la derrota enseña. O puede enseñar. La derrota es el cincel con que la realidad labra su estatua en la mano de los débiles. Es frecuente, por eso, que el triunfo venga después de tres, cuatro, muchos descalabros.
Ahora bien, la lógica de la victoria guerrera no vale para la victoria política. El ganador en las urnas es apenas el señalado para marcar un camino durante un lapso puntillosamente decretado. No cualquier camino, no el camino para las huestes triunfantes. No.
El líder señalado por las mayorías ha de integrar a las minorías a su propia corona. Esto significa ante todo que los perdedores siguen existiendo, cuentan. También que algún día podrá cambiarse la suerte y estos derrotados alzarán cabeza, conquistarán el siguiente turno de mandato.
Claro que la historia humana está plagada de retaliaciones sucesivas y, por tanto, de guerras sin fin. Los victoriosos de hoy clavan punzones en el cráneo de los adversarios, solo para ser guillotinados por estos o sus descendientes en la siguiente curva de los siglos.
Cada ganador se cree dueño del mundo para siempre. Cada perdedor suspira con llegar a ser dueño del mundo para siempre. Los dos dejan de lado que el sol sale para todos. Y que, por benignidad o por fuerza, unos y otros han de acomodarse sobre la misma tierra fértil.
Esta tesis, simple como resplandor de amanecer, trae exigencias para ambos protagonistas. Al victorioso no le conviene perder de vista las razones de los vencidos. Cuando el centenario Mandela ganó las elecciones, advirtió a los negros ofendidos que en adelante él sería asimismo presidente de los blancos.
¿Nombrar ministros uniformes, que piensan como los gremios de empresarios, que miren al país desde ojos castigadores, que opinen desde las arcas de la utilidad y desdeñen el bolsillo remendado de los overoles? ¿Refundar la guerra para construir al enemigo y gobernar desde el miedo?
Esto sería dar la espalda a la historia de un país que es matanza y traición. También sería hacerse ciego a un presente de gente que descree de las instituciones y de los institucionalizadores. Desconocer que los hijos de esta gente no habitan ya la galaxia Gutenberg sino el cosmos Jobs-Gates.
A los derrotados de la Resistencia, por su parte, les haría bien comprender que detrás de la avidez de los poderosos se esconde una vacío de madre y un terrible pavor. Al mismo tiempo, les sentaría descifrar el acertijo de Mandela: “Conoce a tu enemigo y aprende acerca de su deporte favorito”.