Menos prohibiciones, más obediencias

Arturo Guerrero
07 de febrero de 2020 – 12:00 a. m.

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Cada idea bien sudada es un surtidor de ideas. Dice usted, por ejemplo, con quien en redes se firma Mi granero “dejen de prohibir tanto porque ya no alcanzo a desobedecer todo”, y casi de inmediato se ubica en la Colombia actual. Este país, indefinible con una sola idea, es igualmente un surtidor incesante de sandeces.

Prohibir: este es el verbo que entre nosotros identifica al poder. Desobedecer: he aquí el que pinta de un brochazo a los sufrientes ciudadanos. El surtidor de ideas comienza planteando un interrogante: ¿quién gana la carrera, el que prohíbe o el que desobedece?  

La ironía de Mi granero resuelve la cuestión con la imagen de una maratón. Hay medias maratones, maratones a secas y dobles maratones. Los fondistas dobles, los de cien kilómetros, se arriesgan a esta prueba con la conciencia de que muchos son los llamados y pocos los elegidos. En efecto, en semejante distancia el solo hecho de alcanzar la meta de último ya es una hazaña.  

Los que se sofocan a medio camino son los desobedientes. En contraste, los que alargan la carretera, ponen las reglas y prohíben el cansancio son los que se lucran del espectáculo agobiante. 

La vida de las civilizaciones consistiría, pues, en estirar la pita para los esclavos, siervos, obreros, campesinos, sin llegar al extremo de que estos se subleven. La guillotina de los franceses cumple las veces de advertencia sobre las consecuencias de apretar demasiado y no saber dosificar.

Este vaivén que para la historia universal algún día llegó a ser considerado una ciencia, medible, predecible, impajaritable, para Colombia es a lo sumo una farsa. Hay muchas leyes que aquí no pegan porque en nuestro sano raciocinio ¡ajá! De ahí que tengamos que rogar por menos prohibiciones para que no se estreche el tiempo de la desobediencia.

La banalidad e ineficacia de un gobierno no se mide aquí en caída del Producto Interno Bruto ni en estropicio de la inflación. No. Las cifras anuales indican que los empresarios emprenden, los trabajadores acezan, los banqueros engordan. 

El fracaso de una administración se calcula, entonces, en monto de payasadas. La infracción a las leyes, la informalidad del trabajo y la trampa sistemática a toda norma de convivencia, son directamente proporcionales al surtidor de sandeces originado en los altos palacios republicanos.

No es sino mirar a un primer mandatario que se parece más a su caricatura y que en realidad es un segundo mandatario. O al verdadero primer mandatario, coagulado en sus rabietas desde cuando creó el sol y las estrellas. O al venerable consejo de ministras y ministros, turnándose sus cargos como si el nombre de una nueva cartera les compusiera mágicamente el caminado.

Si después de un año y medio de imperio, el país continúa en su pujanza y aumentan las bajas de quienes desde arriba son ajusticiados por derechos y por humanos, todo indica que la máquina estatal marcharía mejor sin guía. Y que incluso así, con menos prohibiciones, habría más obediencias. 

arturoguerreror@gmail.com  

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