¿Niños sin pecado original?

Arturo Guerrero
27 de abril de 2017 – 11:00 p. m.

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No hay pregunta más pertinente en nuestra alocada coyuntura que la de cómo superar la polarización. Ni la paz pudo con ella. Ni la conversión de siete mil guerrilleros en boys scouts. Ni el papa. Mucho menos los juristas que procuraron armar en La Habana el acertijo nacional.

Colombia hoy son dos colombias. Entre ellas no existe ruta de conciliación. Ambas tiene tapiados los oídos. De nada sirve hablar ni escribir ni argumentar, pues una muralla espinosa separa a sangre y muerte los dos lados de la opinión.

Es un milagro que aún no haya estallado la balacera generalizada. Se están amontonando los fusiles subversivos para fundirlos pero, mientras más caletas se anuncian para la cosecha de la ONU, más exasperación se respira en Tuiter, en las mesas familiares, en las tertulias de amigos enfrentados, en los bramidos de las emisoras nocturnas.

Apenas se insinúa la campaña para rebatiña presidencial, ni siquiera se sabe quiénes serán los gladiadores de cada jauría. Sin embargo desde ya los humos se aprietan en la olla a presión que es el país. Polarización viene de polo, polos solo hay dos y no hay distancia mayor que la que aleja uno del otro.

Vuelve, pues, la inquietud: ¿cómo vencer la polarización?

Hay quienes ofrecen un arreglo ingenuo: abracémonos, perdonémonos, marchemos juntos como si no pasara nada. Ahondan en recetas cándidas: hay que mirar la parte humana del otro, somos ante todo colombianos y aquí cabemos todos, lo que nos divide es menos que lo que nos separa.

¿Por qué son de color rosa estas magias? Porque le dan la espalda a la realidad y desconocen las raíces de los cien años de soledad que nos condenan. Porque aquí sí han pasado muchas cosas, graves, gravísimas.

Ahora bien, cada bando está convencido en las tripas de que su versión del pretérito es por entero la verdadera. De que su presente, por tanto, ha de correr por canales que no admiten discusión. Los adversarios son lo totalmente otro, el anatema.

Por supuesto, esta terquedad es una fe. Se cree en ella porque algún mesías la reveló. De ella se extraen fuerzas para la lucha hasta las últimas consecuencias. Y estas últimas consecuencias chupan gladiolo en los cementerios.

La fe es reiterativa, inmune a las razones, perpetua en su cerrazón. Desde cada orilla de la obcecación se alzan rituales, sacrificios sobre piedra, piras que no dejan ni huesos.

Así ha funcionado esta humanidad desastrada. Las guerras no han terminado, más bien han engendrado sucesivas guerras vengadoras. El tiempo ha sido un encadenamiento de retaliaciones. Cada conflagración finaliza porque los contendientes resoplan exhaustos, pero sus hijos y nietos encenderán el desquite.

La cólera de hoy es heredera de fuegos y treguas sin fin. ¿Hasta cuándo prolongaremos este desgracia? ¿Será viable un reconocimiento colectivo de barbaries que lleve al nacimiento de niños sin pecado original? ¿Le corresponderá a la actual generación descorazonada vislumbrar un brote de hombres purificados de culpas y limpiamente amistados con la vida?

arturoguerreror@gmail.com

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