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No piden limosna, esquivamente miran a los transeúntes, están descalzas, arman su día entre trapos sobre los que acuestan a sus niños. Sus faldas bordeadas por trazos geométricos de colores acusan algún esplendor ancestral. Son mínimas de estatura estas mujeres emberas.
A veces exhiben sus artes antiguas. Tejidos en hilo en los que mezclan el centelleo cromático de sus selvas chocoanas. Sirven como manillas, collares, pectorales, traen a la ciudad los rojos, verdes, azules, amarillos de los pájaros lejanos.
Tratan de vender sus abalorios, sus cuentas de chaquiras, sus vidrios luminosos con agujeros por donde pasan dedos con agujas. Instalan porciones de cielo en los andenes para que los circunstantes se sorprendan y se pregunten por esa miseria humana trasladada por la violencia.
Una que otra madre embera recurre al raspa raspa de una guacharaca de lata con la que llama la atención de las monedas que van a bordo de los bolsillos de los blancos. Pero los blancos son sordos. ¿Dónde están los hombres, los maridos de estas mujeres cuyos niños parecen no superar nunca los cuatro años de edad?
Tal vez tratando de rescatar alguna caja de cartón no chamuscada por el incendio de la casa viejísima donde se amontonaban en San Berna, el barrio bogotano pegado al ex-Cartucho. Allí, junto a la resaca del refugio de los habitantes de la calle, vivían los emberas.
Su estampa callada, al lado de algún muro sin portero que los ahuyente, grita más que la exigencia de “cualesquier moneíta” por parte de los indigentes. Impacta el alma. No se sabe si comprenden el castellano, son los últimos en la escala de la penuria.
No producen miedo, no atracan, no roban. Están pegados precariamente de un hilo, viven del aire. Son prole de la abundancia originaria, exiliados en la mitad de la abundancia de cemento. No obstante, tienen más siglos, más mitos, más arte, más presencia en esta tierra que los caminantes con zapatos.
Los emberas no figuran en las reclamaciones de otros pueblos aborígenes. Carecen de organizaciones con siglas poderosas, de guardia indígena, tampoco se les ve recuperando tierras. Acunan sus silencios, nunca dejan atrás a sus pequeños ni olvidan sus mil y una tinturas.
Representan otro idioma en las vías humeantes de un país que tal vez sea también el suyo. Si es que el concepto de país les dice algo. Algunos han logrado regresar a su río, a su mar Pacífico. Otros continúan llegando a la ciudad para escapar del látigo que los arrincona.
No los merece este país. El único vínculo común con Colombia son los billetes que cambian por su trabajo exquisito, por su delicado croché con que atrapan las estrellas. Ese dinerito es la astucia con que a su vez compran la panela para que los niños no volteen los ojos.
Nada más. Los emberas no guardan furia, parecen monjes budistas sin religión ni templos. Sus chamanes se llaman jaibanás, encargados de mantener la paz con los animales y con las tempestades de arriba. Poco sirven en las capitales esas sabidurías.