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¿Qué categoría de poeta habría sido hoy Julio Daniel Chaparro, si no lo hubieran matado el próximo domingo 24, hace 25 años?
Apenas cumplidos sus 29, había publicado tres libros de poesía a los que de modo póstumo se agregaron una antología y una selección de crónicas.
En cinco años juveniles produjo una obra llena de soles, sangre, llanura, árboles, ríos, de la piel del cielo. De tanta muerte vista, predijo su muerte en palabras asombrosas. Amó a su llano y a su país, como lo denotan los títulos de sus densos tomos.
“Asumí la decisión de reinventar los dioses y perdí mi vida tras un sueño”: esta fue la poética de su existencia. Porque además de escribir como poeta, vivió como poeta. Y así también murió en Segovia, Antioquia, donde buscaba el rastro de 46 masacrados por paramilitares tres años atrás.
En calidad de poeta asumió la crónica periodística en El Espectador. Iba por campos y pueblos en busca de “Lo que la violencia se llevó”.
Pero veía más: “porque en el llano, la excusa del orgullo es ser cada vez más llanero, es decir, sentirse cada vez más río, más moriche, más corocora, más potro cerrero. Aquí no prima el matador de animales, sino el que les canta para que se calmen, para que estén tranquilos”.
¿Qué rango de poeta asesinaron a tiros los sicarios en calle franca, luego de que él y el fotógrafo Jorge Torres dejaron sus maletas en el hotel del pueblo? ¿Qué ceiba, qué baobab troncharon en su brote primitivo de árbol ávido?
Es que la poesía de Chaparro, en su ardor y deslumbramiento, quedó como obra que despunta, curso en construcción, canto de iniciación. Es lo que le da ímpetu, velocidad y audacia. Es también lo que anuncia aquello que habría podido llegar a ser.
En la chispeante crónica “Poetariado y muchedumbre”, Julio Daniel pesca en el aire una frase que despeja esta inquietud: “En Colombia hay más poetas que gente. De veras, hay más poetas que vendedores ambulantes”.
Aquí brilla por qué el crimen de hace 25 años no es igual a la miríada de crímenes de nuestra más reciente guerra. No se asesinó a un periodista, no se acribilló a un defensor de víctimas, no se quiso poner sello a la verdad.
El delito fue mayúsculo: en un país con más poetas que gente, se quebró la marcha de un verdadero poeta. Si lo hubieran dejado continuar con su visión y su lenguaje, el país y el mundo atraparían la diferencia entre un poeta y los millones de “vendedores ambulantes” que con sus versos sabotean la poesía.
Es que el maltrecho dicho de “Colombia, país de poetas” le ha causado gran daño a la poesía.
Si cualquier formulador de sentimientos, si todo amante contrariado, si los hijos en día de la madre, si políticos y actrices en declive, son poetas porque ponen en hilera sus palabras, entonces no vale la pena leer libros de poesía.
Para descubrir que poesía, pan y aire son elementos esenciales a la vida, es indispensable impedir que gigantes como Julio Daniel Chaparro sean suprimidos hoy o hace un cuarto de siglo.
arturoguerreror@gmail.com