Un país indestructible

Arturo Guerrero
07 de junio de 2018 – 09:00 p. m.

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Este país le da el pecho a todo. Es de hierro cuando se trata de resistir. Es de caucho si es preciso acomodarse a las catástrofes. Es pertinaz frente a las avalanchas, aguantador ante las brutalidades armadas, resiliente ante la muerte.

Desde que se conoce como Colombia, esta esquina noroeste suramericana flota en medio de tormentas sin dejarse arrancar de sus cimientos. Están bien amarradas con anclas estas bases, pues ni vientos ni corrientes subacuáticas consiguen desestabilizarlas.

Le han caído encima las siete plagas egipcias y atlántidas, las maldiciones de Nostradamus y de los profetas criollos, los azufres del Vesubio y del Ruiz, los mandatos inicuos de íntegros los mandatarios del espectro político.

Ha sobrevivido a los sobrevivientes de chulavitas, macheteros, gatilleros, mochacabezas, motoaserradores y jefes de finanzas. Continúa teniendo hijos a pesar de los nerones, los reclutadores y los capitanes de falsos positivos. Que lo atestigüen las madres de Soacha.

Este vasto ejercicio de rebeldía y de ayuda mutua por lo bajo no lo libra, claro está, del miedo a la siguiente tragedia. Es como si siempre comenzara de cero. El pueblo tiembla sus vellos y desmesura sus pestañas. Así, en estos días preelectorales.

Apenas hay dos candidatos, el pulso está apostado, las conjeturas no invitan al sosiego. El miedo protagoniza el voto, el próximo porvenir parece culebrero. Cada ciudadano se apertrecha de seguridades de papel, a sabiendas de que el resultado será de acero.

Es curioso, este país curtido en desgracias tiembla como si fuera la primera vez que su suerte se define para siempre. Siendo que siempre y para siempre ha sido así. Hay un olvido de la capacidad de resistencia demostrada por generaciones.

Si se enseñara la historia con una pizca de picardía las gentes darían el paso electoral con menos tribulación y los políticos perderían sus fortalezas amedrentadoras.

Desde hoy es posible bosquejar la situación colectiva del lunes siguiente a la fecha decisoria. Subirá el sol, el frío huirá, el desayuno humeará como es su costumbre, los buses mayoritarios bufarán de un peso idéntico al del viernes anterior. Poco habrá cambiado.

Bolívar seguirá aplastante en su altar napoleónico de San Pedro Alejandrino. Las iguanas primas de los dinosaurios se volverán estatuas al paso de los turistas saciados de gloria inmarcesible. Las ceibas sembradas por el riquísimo Joaquín de Mier seguirán mudas como testigos de que aquí no pasa nada.

Así es la historia y así continuará siendo. La gente olvidando sus potencias precisamente cuando más necesita afirmarse en ellas. El susto colándose por los poros de los vivos a pesar del heroísmo petrificado de sus antepasados. Los vivos viviendo de los bobos.

Una mirada hacia atrás devolvería los bríos. Este país es indestructible. Incluso da paso a cierto progreso, a las plateadas carreteras, a los vidriosos aeropuertos, a las tarifas aéreas más baratas que las terrestres. Esta tierra está “protegida por un ala perpetua de palomas”, según la voz de Aurelio Arturo.

arturoguerreror@gmail.com  

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