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Balance del Bicentenario

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Según informaciones de prensa, la celebración del bicentenario de la independencia en otros países de América Hispana significó una recordación, con sentido de historia, de los sucesos comprendidos entre 1809 y 1811.

Para el caso colombiano la celebración debió girar, fundamentalmente, en torno al proceso que tuvo su fecha cenital el 20 julio de 1810 en la capital del virreinato, pero también en sucesos anteriores y posteriores acontecidos en otras provincias de la Nueva Granada. Me temo que ninguna de las dos cosas se cumplió debidamente.

La historia precolombina de nuestros pueblos estuvo signada por la geografía. Montañas y valles condicionaron a los indígenas, de manera que su evolución produjo una serie de comunidades independientes con diversidad de culturas. Su influencia no iba más allá del respectivo territorio. Como lo señala el historiador Guillermo Hernández Rodríguez, el arisco paisaje geográfico protegió aquellas culturas sitiándolas.

Así nació el clan, con características específicas, entre las poblaciones indígenas más organizadas. Era una especie de organización local estructurada en torno a la familia. El clan se fundió con el municipio hispano, surgido en la edad media y llegado a América en el equipaje cultural de los conquistadores. Tal proceso consolidó una organización local/provincial que sigue siendo característica nacional. Hoy el municipio es la entidad fundamental del estado.

Eso fue lo que se expresó hace doscientos años en la Nueva Granada, en medio de una sorprendente madurez política. Pero exactamente eso fue lo que no celebramos, y lo que sí hicieron en otros países del continente. El movimiento del 20 de julio fue, ante todo, local y civil. Se expresó en Santafé, en Cartagena, en Mompox, en Pamplona. También fueron de tipo local y civil el levantamiento comunero, los cabildos abiertos y el “juntismo” que caracterizó las movilizaciones populares de la época.

Las celebraciones oficiales del bicentenario no tuvieron en cuenta el significado del movimiento civil ni el suceso local y, por lo mismo, fueron incapaces de recuperar su memoria. Las superaron la cultura centralista que se nos instaló en los últimos cien años y la visión heroica que tenemos de la independencia. No todos los próceres fueron héroes, ni todos los héroes son próceres. El 20 de julio nadie, todavía, derramó su sangre por la patria. Pero celebramos el bicentenario de 1810 como si fuera el de 1819.

Lo escribí hace algún tiempo en esta misma columna: el movimiento de 1810 lo hicieron los cabildos y el de 1819 lo hicieron los ejércitos. El primero lo hizo una generación que se sentía española, el segundo una que se sentía antiespañola. Aquel se inspiró en el pensamiento libertario español, este en el de las revoluciones liberales modernas. El 7 de agosto fue el día de la independencia, el 20 de julio fue el día de la constitución.

Lo que se debe recuperar  en la celebración del bicentenario de la independencia no es la gesta de Bolívar, ni la ruta libertadora, ni la impronta de Santander. Es el alcance de la rebelión comunera, la influencia de la expedición botánica, el significado del Memorial de Agravios, el sentido constitucional –y, por lo mismo, revolucionario- de los movimientos locales de 1810. Todo ello en Bogotá, pero también en la provincia colombiana. Aún es tiempo de hacerlo si queremos avanzar hacia la recuperación de nuestro propio centro de gravedad cultural y político.

*Ex senador, profesor universitario

atm@cidan.net

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