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“En lo que nos resta de vida, acaso también durante las vidas de nuestros hijos y nietos, tal vez más allá del tiempo que nos quede en la tierra, la tarea de los colombianos consiste en la formación de un nuevo sistema de valores, en la compenetración de los ciudadanos con la honestidad”. Ese fue el mensaje del expresidente Belisario Betancur en un acto social ofrecido por sus principales colaboradores, en 1996, a propósito de los diez años de la finalización de su gobierno.
Devoto de una educación que exaltara la creatividad de los jóvenes, practicara la tolerancia por las ideas y el respeto por el otro, Betancur se tituló como un demócrata. Definió su vida “alrededor del linotipo y la galera, del libro y del palique, del aula y el foro”, como una vida llena de aprendizajes que no terminan. Era también un intelectual. Dimensionó, además, las relaciones entre la ciencia y su entorno en un país como el suyo y concibió la Segunda Expedición Botánica. En ese sentido se anticipó al siglo XXI.
No gratuitamente le ofrecieron un homenaje, al cumplir sus 70 años de edad, los más importantes intelectuales de Colombia: García Márquez, Álvaro Mutis, Germán Arciniegas, Elisa Mújica, Gutiérrez Girardot, Zapata Olivella, Rojas Erazo, Maruja Vieira, Álvaro Castaño Castillo, Manuel Mejía Vallejo, Antonio Caballero, Álvaro Tirado Mejía, María Mercedes Carranza, en fin, la plana mayor de la cultura.
El expresidente Betancur tuvo tres grandes devociones: la cultura, la descentralización y la paz. Convocó una comisión dirigida por Otto Morales Benítez, y abrió un proceso sucesivo de diálogo con las Farc, el M-19 y el Epl. Suscribió con todos ellos acuerdos de cese al fuego, que no fueron digeridos por los sectores más regresivos del establecimiento, empezando por la cúpula militar del momento. No sin razones, Otto Morales se quejó de los “enemigos agazapados de la paz”. Las Farc crearon un partido político –la UP– y alcanzaron a participar en una elección parlamentaria. Sin embargo, sus más conspicuos dirigentes fueron asesinados.
Se comprometió, así mismo, con la descentralización política: adoptó la elección popular de alcaldes y la consulta popular, aunque la dejó circunscrita al nivel municipal. Recuperó la democracia local cuya raíz se hunde en el pensamiento medieval español, en sus fueros territoriales, en la tradición de los cabildos abiertos y de los vecinos debatiendo sobre su destino. Betancur se inspiró en esa idea, frente a la cual se sigue oponiendo la concepción centralista, aun a contrapelo de la Constitución.
Vi por última vez al presidente Betancur en la Academia Colombiana de Jurisprudencia hace pocos meses. Bromeando reiteró su decisión de dejar al juicio de los demás la calificación sobre su ejercicio como presidente, pero también la de apelar al suyo propio para definirse como el mejor expresidente. De alguna manera lo había dicho Gabo en el ya referido homenaje, con otras palabras: “Belisario no fue en realidad un gobernante que amaba la poesía, sino un poeta a quien el destino le impuso la penitencia del poder”.
Más allá de aciertos y de errores, Belisario Betancur fue un hombre-símbolo. Se parecía a los colombianos de bien. Construyó su vida a base de esfuerzo y de talento y, como jefe de Estado, proyectó sobre el mundo la imagen de un país con dignidad.
* Exsenador, profesor universitario.