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Claroscuros de Rionegro

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Hace ciento cincuenta años Colombia se dio una constitución federal que rigió durante más de cuatro lustros.

Los liberales, que una década atrás se habían dividido entre gólgotas y draconianos, coincidieron siempre en un punto: la defensa de las libertades. La constitución anterior aprobada, en 1853, por consenso entre los dos partidos tuvo corta vigencia, primero por el golpe de Melo y luego por la guerra contra el gobierno del presidente conservador Mariano Ospina Rodríguez, en la cual el liberalismo resultó victorioso. 

Ahora se hacía necesario reestructurar el Estado. El liberalismo se convirtió en el partido de la anti-colonia. Proclamó la abolición de la esclavitud, la supresión de la pena de muerte, el desafuero eclesiástico, la abolición del ejército. Y por sobre todo, la vigencia absoluta de las libertades: de conciencia, de reunión, de imprenta, de enseñanza, de expresión, de comercio.

Como lo anota Gerardo Molina la concepción liberal del poder público vivió por esas calendas horas de radiante plenitud. Su idea no era promover más sino menos estado e incorporarse al universo de su tiempo. José María Samper insistía en el impulso a la enseñanza pública, el favorecimiento a las inmigraciones europeas, la apertura de vías de comunicación y el pleno conocimiento del territorio nacional y de sus pobladores.

En ese ambiente los liberales miraron hacia los Estados Unidos. El presidente Manuel Murillo Toro se lamentaba de pertenecer a un país marcado por las instituciones monárquicas españolas, en lugar de provenir de una colonia inglesa cuyo legado fuera republicano. Así nació la Constitución de Rionegro, la cual suele ser criticada duramente por los conservadores y defendida a ultranza por los liberales.  

Aquella constitución ha sido examinada por unos y otros en forma muy lineal. Rionegro tiene los mismos claroscuros que acusa el pensamiento moderno, construido en función de realidades distintas a las de esta América indohispana. Es producto de la evolución histórica de un país que, como en la frase de William Ospina, ha crecido con el centro de gravedad situado afuera. 

Todavía hoy Colombia va y viene en una especie de dialéctica de la confrontación que le ha impedido encontrarse a sí misma. Un país diverso, excluyente y desigual no se gestiona políticamente bien sino con la deliberación de sus comunidades en términos capaces de obtener acuerdos fundamentales sobre mínimos. 

El propio Murillo Toro, reconocido por su realismo político, terminó entendiéndolo cuando, al final de sus días, le confesó a sus jóvenes paisanos Nicolás Esguerra y Clímaco Iriarte: Yo no puedo criticar esta federación del 63, sin pasar por inconsistente. Pero del régimen del 53 no hemos debido pasar. Esa constitución era un estatuto nacional que debía conservarse. 

Vale la pena entonces estudiar con detenimiento la carta política de 1853, sancionada el 21 de mayo y próxima a cumplir ciento sesenta años.

*Ex senador, profesor universitario, atm@cidan.net

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