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Ilustrado con el célebre retrato de Tiziano, un texto de El Espectador publicado el lunes anterior, conmemora el nacimiento de Felipe ii hace 485 años.
Como nieto de los reyes católicos fue el heredero de la Casa española de Trastámara, y como hijo de Carlos v, el de la Casa alemana de Habsburgo. Este rey de España lo fue también de Portugal, de los Países Bajos, de Nápoles, del Franco Condado, de Milán, de Cerdeña, de Sicilia e incluso de Inglaterra, sin hablar de Túnez, las Américas y Filipinas. Conocido en la historia como “el rey prudente”, gobernó durante cincuenta años el imperio más poderoso de su época.
A pesar de las contradictorias opiniones escritas sobre él, los historiadores coinciden en afirmar que fue el primer rey moderno para quien la administración era más importante que la guerra. Los habitantes del inmenso imperio ibérico difieren entre sí por razones vinculadas a sus mentalidades y costumbres: el idioma, la cultura, la geografía, la historia. Semejante diversidad aconsejaba una diversidad en las instituciones de gobierno. Como buen monarca absoluto era adverso a los controles heredados del Medioevo, pero entendió que el estado era más que el rey y aceptó la sintonía entre instituciones e idiosincrasia social.
Es curioso: un rey prudente, en tiempos del absolutismo regio, resulta ser ejemplo para los hombres imprudentes que gobiernan en estos tiempos de democracia liberal. Los colombianos se debaten hoy entre enconos y rencores. Están reproduciendo el fanatismo decimonónico, como si quisieran destruir el esfuerzo republicano de hace un siglo y las conquistas de las generaciones ulteriores. López, Santos, Echandía, Gaitán, los Lleras, en fin, consolidaron una vocación civil para su país y un estado de derecho capaz de garantizar el trámite de las diferencias políticas por la vía de procedimientos jurídicos.
Nuestro siglo xix se caracterizó por las guerras civiles. Sin embargo en él sobresalió el presidente Murillo Toro como símbolo del hombre prudente. No venció a otros como Mosquera o como Núñez, pero logró convencerlos, persuadirlos, reconocerlos en la dimensión del “respeto al otro”. En el siglo xx el maestro Darío Echandía fue el ejemplo paradigmático del “juris-prudente”, cuyas ejecutorias públicas y privadas lo convirtieron en conciencia jurídica y moral de sus compatriotas. Hacen falta hoy hombres prudentes en todos los niveles de la actividad ciudadana: en el ejercicio de la academia, en la administración de justicia, en la acción política, en la vida diaria de los colombianos.
Si las dictaduras del medio siglo revivieron el sectarismo, el Frente Nacional recuperó la civilización política. Después se cerró sobre sí mismo pero dejo una impronta de tolerancia que se proyecto sobre la mayoría de los ciudadanos del común. Años después el auge de una industria y un comercio ilícitos y la guerra ajena que Colombia se vio obligada a desatar contra ellos, contaminaron su cuerpo social y provocaron un renacer del espíritu belicista que parecía superado.
En su favor, por desgracia, sigue obrando el fanatismo de dirigentes y gobernantes que, desde orillas distintas, propiciaron el regreso a un maniqueísmo sectario y, en algunos casos infortunados, han sido víctimas de él. Así no se hace política si lo que interesa es la convivencia social más que la supremacía electoral. Por fortuna el presidente Santos es un hombre prudente. Sabe que gobernar con espejo retrovisor es una forma de anclarse en el pasado cuando lo que interesa es construir el futuro para no tener que aceptarlo como venga. Claro, y buscar un consenso de mínimos que contribuya a recuperar la serenidad de los espíritus.
Ex senador, profesor universitario, atm@cidan.net