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El colapso del socialismo real significó la desaparición de un mundo
bipolar, que estuvo a punto de borrar las fronteras geográficas y
culturales para reemplazarlas por fronteras ideológicas. El conflicto
de dos grandes potencias –USA y URSS- ideologizó no sólo la política
sino la vida cotidiana del hombre del siglo XX.
Con el fin de la guerra fría se enriqueció la teoría de la democracia, cobró importancia la noción de pluralismo y surgió el concepto de tolerancia política como elemento fundamental de la convivencia humana. El respeto a la multiplicidad de intereses legítimos, propios de las sociedades plurales, y la conciencia de que las diferencias surgidas en el seno de la comunidad deben tramitarse a través de procedimientos elaborados en medio del derecho, mostraron un horizonte amplio, más apto para el consenso que para la confrontación.
Sin embargo, los Estados Unidos se erigieron en gendarmes del planeta. Dueños del pensamiento moderno, se sintieron depositarios de la razón universal. En ese marco resulta válida cualquier cosa: el rechazo o el respaldo a un gobierno tiránico, la guerra preventiva y la descalificación de quienes no la apoyan, la invasión a Iraq, la desestabilización de Irán, las torturas de Abu Ghraib (las de los anglonorteamericanos, claro, no las de Saddam Hussein alegadas para efectuar la invasión) y todos los atropellos al derecho que trajo consigo la resurección de la teoría del “destino manifiesto”.
En América ya se conocían aquel tipo acciones: La invasión a México en 1846, la guerra hispano-norteamericana de 1898, el zarpazo a Colombia en 1903, el apoyo a las dictaduras del Caribe y del cono sur, la desestabilización de Chile en 1973, la invasión a Panamá en 1989, la apropiación de recursos naturales, las recientes torturas en Guantánamo, en fin, una cadena de acontecimientos, más larga aún, que dejó en casi toda la región una impronta de abusos y un sabor a despojo.
El “destino manifiesto” es una especie de idea-fuerza nacionalista a través de la cual los gringos asumieron su lugar en el mundo y entendieron su relación con el resto del planeta. Tiene, además, una connotación religiosa: Hunde su raíz en el puritanismo calvinista de los colonos ingleses que desembarcaron en la costa este de América del norte, con el convencimiento de que habían llegado a la tierra prometida.
La imagen nacional que, a lo largo de los años, construyeron los Estados Unidos de sí mismos, es la de defensores de un concepto universal de moral política: el suyo propio. En el espíritu de sus ciudadanos subyace la idea calvinista de la predestinación. Por eso han de proyectar aquel concepto sobre el mundo como si fueran el “pueblo elegido” por Dios para llevar a cabo una misión trascendente. Así actuaron los primeros colonos y los padres de la nación. Y ese fue el común denominador de la doctrina Monroe, de la del “big stick” del primer Roosvelt, de la doctrina Truman, de la de “la guerra galáctica” de Reagan y del unilateralismo de Bush.
“La multipolaridad es una teoría de rivalidad, una teoría de intereses encontrados, e inclusive de valores enfrentados”, expresó en 2003 Condoleeza Rice, con una firmeza proclive al conflicto de civilizaciones. Dicho en otros términos la administración Bush retrotrajo la historia, al incorporar al manejo de su política internacional unos elementos ideológicos similares a los que caracterizaron la guerra fría.
Es un contrasentido –doctrinario, histórico y político- regresar al escenario de las fronteras ideológicas. Ellas sirvieron para convertir la ideologización y el ideologismo en dogma laico, que rechazaba de plano la visión del otro. No había adversarios para persuadir, sino enemigos para derrotar. Las polémicas eran entre la verdad y el error y no entre dos verdades distintas o, al menos, entre dos maneras legítimas de ver el mundo.
Desde el siglo XVII la paz de Westfalia separó Estado y religión. De algún modo, en el siglo XX, la guerra fría volvió a unirlas. Aunque Marx definió la ideología como una manera de falsear la realidad, Lenin y sus discípulos hicieron de ella un fundamento de la revolución proletaria. Así surgió el dogma insuperable de las fronteras ideológicas, con el cual la política se vistió de religión.
En ese mismo marco, pero con signo contrario, el Ayatolla Khomeini espetó su sentencia inapelable: “La religión sin poder político es una simple filosofía”. En esa forma convirtió la religión en política. Ahora Bush, en desarrollo del histórico “destino manifiesto” que el resto del mundo occidental creía, por lo menos, asordinado, proyecta sobre los demás pueblos su postura maniquea y unilateral. Todo eso es fundamentalismo.
Por eso la visión norteamericana vulnera la democracia pluralista. Amenaza la política del diálogo y estimula la confrontación. Rompe opciones de consenso y privilegia el derecho de la fuerza sobre la fuerza del derecho. Frente a ella Europa insiste en lo que debe hacer. A pesar de la improvisación y del espectáculo de contradicciones del presidente Sarkozy, que ha enrarecido la relación de Paris con Bruselas, Europa insiste en su integración y promueve el multilateralismo. Lo suyo hace el Japón en el oriente y ahora China e India que surgen como nuevas potencias del siglo XXI. ¿Esta haciendo también lo suyo la América ibérica?.
Ex senador, profesor universitario
atm@cidan.net