El día de la venganza

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El proceso de paz que se inició con las conversaciones de La Habana no pude terminar antes de que desaparezca el último foco de violencia política respaldada por las armas. Semejante proceso es complejo, difícil y prolongado en el tiempo. La paz no consiste solo en la ausencia de conflictos. Requiere una pedagogía, un seguimiento riguroso, una vocación cívica. Nada de eso es posible sin un auténtico liderazgo político.

En Colombia tales liderazgos no están a favor sino en contra del proceso. El Gobierno se cerró sobre sí mismo y cuantas veces debió apelar a los ciudadanos para lograr su respaldo, agotó su visión en el país político. Un proceso de paz es imposible sin el concurso del país nacional. No pudo recuperar el rumbo después del resultado negativo del plebiscito. Tampoco ahora que, con el caso Santrich, pasa por un difícil momento.

Ni siquiera quiso respaldar la postura de Humberto de la Calle cuando, en su condición de candidato presidencial, rechazó la intromisión de la DEA. La estabilidad del proceso se perturba cada día más, en medio de la complacencia de medio país. Ya no ocupa el centro de las preocupaciones de los ciudadanos que viven en las principales ciudades. Las dolencias nacionales vinculadas con la guerra son básicamente de origen rural, y su proyección sobre las ciudades afecta poco la vida cotidiana de sus habitantes.

Pero, además, las élites colombianas son profundamente reacias a todo lo que suene a reforma. Más allá de que las afecte o no, muestran gran intolerancia frente al cambio. Alardean de su preocupación por el país, incluso de su espíritu cristiano, pero cierran puertas a la construcción del bien común y al principio de solidaridad con el prójimo. Ojalá reflexionaran en torno a una sentencia del sacerdote jesuita Francisco de Roux: “El cristianismo es una religión, pero también es una apuesta por el hombre”.

La ausencia de liderazgo oficial, casi que la ausencia de gobierno, está dejando al garete el proceso. Santrich no merece tratamientos favorables, pero tampoco retorcidos. El proceso de paz sí requiere cuidado especial. El guerrillero Granda, recluido también en el Episcopado, es un antecedente que, por cierto, nadie criticó en el pasado. Desde la DEA se puede esperar cualquier cosa y desde la Casa Blanca también. Trump es, hoy, responsable directo de más de medio centenar de muertos y miles de heridos en las protestas originadas por el innecesario traslado de la embajada gringa a Jerusalén.

Toda esa nostalgia de guerra tiene un origen populista: en Colombia y en el mundo. En esta ausencia universal de liderazgos, las élites políticas cobraron poder desmesurado. Sin embargo, su capacidad intelectual y política es desproporcionadamente inferior a la que ese poder exige. Parecería que por eso juegan una sola carta, la misma siempre: los problemas de la sociedad se resuelven solos. Su interés político no pasa por la paz, por la solidaridad, por la esperanza, sino por los votos para ganar en la siguiente elección.

Eso está ocurriendo en Colombia y el caso Santrich, lo muestra. Son muchos los ciudadanos que se niegan a dejar espacio alguno para la presunción de inocencia, o para el beneficio de la duda. A pocos les importa el impacto sobre el proceso de paz, o sobre el espíritu mismo de la sociedad. No se sienten invitados a pensar en el día de la justicia. En este desbarajuste de valores, les basta con acariciar el día de la venganza.

* Exsenador, profesor universitario.

@inefable1

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