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El extremo centro

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Al contrario de lo que se lee en el último informe de la Revista Semana (Edición nº 1539, p. 44) Colombia es un país de instituciones más que de caudillos. Esa ha sido una de sus constantes históricas, es uno de sus patrimonios políticos y sigue siendo algo que la diferencia notoriamente de la mayoría de los demás países de la región.

Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa, solía decir el viejo López. La crisis actual de los partidos obedece a diversos factores, pero el principal de ellos es la adopción constitucional de la figura de la democracia participativa. Es lógico. Al menos en parte, ésta desplaza a la tradicional figura de la representación. En otras palabras, si la gente se puede representar a sí misma resulta apenas natural que se resientan los mecanismos representativos y, con ellos, los partidos políticos.

Para hacer referencia a un aserto de Alfonso Gómez Méndez –que aparece en el informe mencionado- en la democracia participativa no son los partidos los que escogen candidatos, sino los candidatos los que escogen partidos, o movimientos, o firmas, antes de presentar su nombre a la consideración de los ciudadanos. Eso no lo ha entendido bien el país político y, por lo mismo, ha sido tan difícil desarrollar los mecanismos de participación. Pero además, unos comicios local/regionales, para elegir gobiernos de proximidad, obedecen a una dinámica distinta de aquella que es propia de los comicios nacionales, en donde los partidos pueden cumplir mejor su cometido como tales.

Lo que sí quedó claro en las elecciones del domingo es que los colombianos se están corriendo masivamente hacia el centro. A todo parecer quieren dejar atrás el espíritu confrontacional del gobierno anterior –que redujo el espacio del centro y fortaleció el radicalismo de los extremos- y buscar un escenario propicio para la aproximación en torno a una escala de temas básicos. El presidente Santos interpretó cabalmente la nueva realidad y convocó, en esa dirección, a los colombianos. El ámbito del centro político no es ya el del ecléctico, ni el del que no se compromete, ni el del que se ubica a media distancia entre la derecha y la izquierda.

El siglo xxi modificó todos esos viejos conceptos decimonónicos y/o vigesimarios. El centro –en medio de tanta heterogeneidad social, política y doctrinaria como la actual- es un espacio múltiple y diverso en donde cabemos todos. El centro es plural. Las elecciones del domingo mostraron que en ese amplio espectro está ubicada la inmensa mayoría de los ciudadanos que eligen. Por eso también se corrieron hacia el centro el liberalismo, el partido verde, los numerosos movimientos que en provincia apostaron, con éxito, por candidatos independientes y los que, en Bogotá, lanzaron a los candidatos más votados, incluyendo, por supuesto, la opción ganadora de Gustavo Petro.

La política es el arte de lo posible, pero también es el sustituto de la guerra. En sociedades desiguales, excluyentes, maniqueas, supone una convocatoria al pluralismo. Eso fue lo que aconteció el domingo: triunfo de las opciones que giran en torno a esta especie de centro múltiple y derrota de los tribalismos extremos incapaces de leer el mensaje propio de una sociedad plural. Por eso aquellas tuvieron amplia resonancia electoral y éstos quedaron casi en la marginalidad política. La tendencia parece indicar que llegó la hora de lo que Enrique Santos Calderón llamó alguna vez el extremo centro. Y Como están las cosas, es lo que más le conviene al país.

Ex senador, profesor universitario.

atm@cidan.net

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